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"Civilización y barbarie"

Samuel Arbiser 1

Buenos Aires. Mayo 2003. Mesa redonda La guerra y el psicoanálisis.

Este artículo está basado en una encuesta realizada al autor por la revista Topía y publicada en ese medio en el número marzo/julio de 19992. Esta versión contiene algunas correcciones y ampliaciones de la anterior.

A los argentinos "civilización y barbarie" nos evoca el "Facundo", ese decisivo libro de Domingo Faustino Sarmiento, que tanto nos influyó en nuestra adolescencia y juventud. Más aun a los miembros de mi generación que vivimos -con escasos interregnos de racionalidad- inmersos en regímenes políticos e institucionales cambiantes, la mayoría autoritarios, corruptos, incompetentes y algunos hasta sanguinarios.
Civilización y barbarie no constituyen categorías psicopatológicas sino que son términos que denotan cualidades en las formas de las relaciones humanas en el nivel colectivo de la humanidad y en los sistemas de organización social. A la primera le adjudicamos un funcionamiento de estas relaciones sustentado en el reconocimiento del semejante como un ser autónomo y separado, al que se le debe la misma consideración que reclamamos para nosotros (alteridad); mientras que la segunda se sustenta en la más amplia gama de desconocimiento y desconsideración por el prójimo.

I) ¿Cómo se puede pensar, desde Freud, la civilización y la barbarie?

La relación entre el funcionamiento psíquico humano y los fenómenos sociales y culturales fue una preocupación constante en la teorización de Freud. Baste recordar solo como muestra que el creador del psicoanálisis comparaba a la neurosis obsesiva con una religión privada. La oposición entre la pulsión que pretende expresarse y los obstáculos sociales y culturales que lo impiden, ya sea desde fuera o ya sea internalizados, constituye la hipótesis en última instancia de su teoría de las neurosis. Más aun, este autor pretende iluminar la génesis de la sociedad y la cultura aplicando el método de reconstrucción histórica propio de la clínica psicoanalítica como puede apreciarse en su monumental libro Moisés y la religión monoteísta (1938) o en su anterior Tótem y tabú (1912). En este último y, asumiendo sugestiones de Darwin y Atkinson, propone un punto de inflexión mítico en el que se originaría la sociedad, la religión y la moral a partir del parricidio perpetrado por la "alianza fraterna". De este modo, en cada complejo de edipo individual se reproduce, en forma condensada, el origen histórico de la humanización del "homo sapiens" . La cultura, para él, se construiría con los remanentes sublimados de las pulsiones sexuales inutilizables para la satisfacción sexual directa.
Aunque, en la actualidad, estos aportes freudianos puedan juzgarse viciados de un evolucionismo lineal y pueda criticarse cierto reduccionismo psicologista, no pueden negarse ni descartarse sus valores heurísticos. Para Freud, como consecuencia del parricidio -acontecimiento decisivo- se pasa desde una sociedad (supuestamente) precultural -"la horda"- , sustentada en el poder irrestricto del "padre primordial" a una organización social de complejas reglas de distribución y selección -prohibiciones y permisos- en la administración del poder y de los objetos sexuales. A grandes rasgos, a partir del parricidio la voluntad excluyente del "padre primordial" todopoderoso debe ceder paso a una ley externa al mismo, a la cuál todos los hombres deben sujetarse por igual: el tabú de incesto y la religión totémica. Si bien para la ciencia actual pueda resultar inconcebible algún período humano sin alguna forma de organización social -incluso existen complejas y sofisticadas organizaciones en el reino animal-, y resulte difícil aceptar a las formaciones y producciones culturales como una excrescencia desexualizada de la libido, puede sin embargo rescatarse de toda esa teorización freudiana el planteo de la eterna dialéctica entre el imperio de la fuerza y el imperio de la ley en las relaciones humanas. Y así iluminar nuestra comprensión de las oscilaciones entre la civilización y la barbarie en que nos tiene acostumbrado el mundo en el que vivimos. Los millones de años en que habitamos el planeta no nos han permitido encontrar los sistemas para mitigar los horrores de la barbarie y hallar formas civilizadas definitivas más aptas para la convivencia entre los seres humanos. Probablemente debamos resignarnos a no encontrarlos nunca y, en esta alternancia, se sustente la dinámica que mueve caprichosamente la rueda de la historia de la humanidad. Ya Einstein y Freud (Porqué la guerra [1932]), en forma epistolar, habían discutido este tema en términos de la relación entre derecho y violencia.
La civilización actual deja bastante que desear como civilización y es asimismo - parafraseando a Freud- fuente de "malestar en la cultura". Apenas dejamos atrás recientemente la culminación de un siglo y milenio pródigo en las peores muestras de guerras de exterminación, despotismos y fanatismos para nombrar sólo algunas de las calamidades más sonadas. Las desigualdades en lo cultural, social y económico no pudieron ser resueltas ni mitigadas, a pesar del portentoso progreso científico y tecnológico. Es más, este progreso pareciera ahondar más la brecha entre poseedores y desposeídos, lo cuál exacerba la violenta envidia destructiva que anida en el alma humana y es aprovechada con el pretexto reivindicativo en el nivel colectivo por los portavoces del odio y la destrucción. Y es así que en el siglo XX no dejaron de ensayarse modelos diversos de convivencia y de distribución de los bienes: fuimos testigos de los fracasados ensayos colectivistas (comunismo, fascismo, nazismo) o de exacerbado individualismo (capitalismo salvaje, globalización). No obstante, como se señaló antes, la persistencia sin desmayo en la búsqueda de sistemas capaces de lograr una distribución lo más justa posible de los bienes y las oportunidades, salvaguardando a rajatabla el respeto por la diversidad humana, es la "zanahoria" asintótica que nos mueve para adelante. No podremos lograr nunca la perfección ideal pero, no debemos desdeñar por eso el promisorio camino de lo perfectible; camino estrecho en el que nos acechan, por un lado, la exacerbación de las desigualdades odiosas y, por el otro lado, los intentos -asimismo letales- de disolver la diversidad humana.

II) ¿Cómo se podría entender, en la clínica, la barbarie, dentro de la actual civilización?

La pregunta admite varias posibilidades de respuesta; una: en el sentido de la psicopatología, encaminada a equiparar algunos cuadros individuales con lo que en sentido colectivo llamaríamos barbarie; dos: si en la práctica clínica pueden darse formas de relación anómala entre paciente y analista que configuren algo asimilable a la barbarie. Todavía cabe preguntarse si el psicoanalista, desde su lugar de clínico, puede reconocer los factores intra-psíquicos que hacen surgir la barbarie cuando las condiciones del contexto son propicias. Si convenimos a definir la barbarie como un fenómeno en el que está en juego un abuso -en cualquier dimensión- del poder, y civilización a una administración equitativa y mesurada del mismo, despojada del interés propio inmediato, podríamos percatarnos cuán vulnerables somos los seres humanos para padecer el fenómeno, tanto en forma activa como pasiva.
Se enumerarán algunos factores que lo facilitan:

a) La precariedad narcisista que mueve a aferrarse tenazmente a la más mínima cuota de poder para intentar restablecer su equilibrio.
b) La envidia destructiva destinada a atacar toda diferencia y todo bienestar (hasta el propio).
c) La neutralización deficiente de las pulsiones sádicas o masoquistas responsables de la necesidad de ejercer o padecer la crueldad.

En cambio, el reconocimiento y la consideración del prójimo tanto como de la dimensión colectiva de nuestra existencia, así como la tolerancia a las diferencias, que implica un control sobre la "envidia destructiva" pueden contarse como facilitadores de relaciones más civilizadas, es decir, en términos de desarrollo psicosexual evolutivo, la prevalencia de la alteridad por sobre la especularidad. Esto último también puede vincularse, en otro esquema referencial acerca del desarrollo evolutivo (Fairbairn) con el tránsito de la dependencia infantil a relaciones interpersonales en términos de interdependencia. La conciencia de esta interdependencia es a mi entender decisiva en las relaciones humanas civilizadas.

La relación analítica propia de los tratamientos es en si misma una relación humana que se sostiene en un delicado equilibrio, en tanto que por la naturaleza de su estrategia terapéutica, son convocadas las pasiones más potentes y peligrosas por una parte; y por la otra debe resguardarse de las tentaciones de consumación en acto de dichas pasiones. La más amplia tolerancia a las debilidades de los pacientes se conjuga a una técnica cuyo eje gira en torno a una actitud ética irrestricta. La mentada dependencia infantil, reactivada en la situación de transferencia expone al paciente a abusos que si fueran consumados transformarían el objetivo terapéutico en iatrogénico, operándose de esta manera una verdadera barbarie.

III) ¿Cómo entendería el par civilización y barbarie dentro del movimiento psicoanalítico?

El movimiento psicoanalítico esta instalado en la cultura, y los profesionales que utilizan ese instrumento están insertos en la misma estructura económica de la sociedad que los demás. Por consiguiente están expuestos a los mismos mensajes culturales y a las mismas exigencias del mercado. Debemos reconocer que los psicoanalistas, que son una muestra de una población con experiencia de análisis personal, funcionan -a grandes rasgos- y no obstante tal experiencia, con las mismas pasiones que los demás conjuntos científicos. En la actualidad la disputa por porciones de exiguo mercado provoca intensos conflictos entre la identidad científica y la identidad profesional del psicoanalista. Sin embargo, cabría esperar que la capacidad de introspección crítica (insight) que nos ha permitido tal valiosos conocimientos de nuestro mundo interno pueda extenderse también a ejercitar una visualización, asimismo crítica, desapasionada y mesurada de los contextos sociales de los que formamos parte. Freud nos ha marcado el camino que ya muchos colegas siguen.
De todos modos, aspiraría a que 'el psicoanalítico' dejara de ser 'movimiento' por la connotación militante-iniciática del término, así como 'causa' para afirmarse más como disciplina científica y como método sofisticado de exploración y terapéutico de la mente. En tren de aspiraciones me gustaría una mayor inserción del psicoanálisis en el mundo académico y que pueda como disciplina dialogar más con otras áreas científicas, para lo cuál debería abandonar en lo posible sus jergas de "parroquia" para adoptar un lenguaje apto para tales intercambios.

Septiembre, 2002.

Referencias

1 Médico. Psicoanalista. Miembro Titular con función didáctica de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires.
2 Topía, año IX, nº XXV.