Este
artículo está basado en una encuesta realizada al autor
por la revista Topía y publicada en ese medio en el
número marzo/julio de 19992.
Esta versión contiene algunas correcciones y ampliaciones de
la anterior.
A los argentinos
"civilización y barbarie" nos evoca el "Facundo",
ese decisivo libro de Domingo Faustino Sarmiento, que tanto nos
influyó en nuestra adolescencia y juventud. Más aun a
los miembros de mi generación que vivimos -con escasos interregnos
de racionalidad- inmersos en regímenes políticos e institucionales
cambiantes, la mayoría autoritarios, corruptos, incompetentes
y algunos hasta sanguinarios.
Civilización y barbarie no constituyen categorías
psicopatológicas sino que son términos que denotan cualidades
en las formas de las relaciones humanas en el nivel colectivo de la
humanidad y en los sistemas de organización social. A la primera
le adjudicamos un funcionamiento de estas relaciones sustentado en el
reconocimiento del semejante como un ser autónomo y separado,
al que se le debe la misma consideración que reclamamos para
nosotros (alteridad); mientras que la segunda se sustenta en la más
amplia gama de desconocimiento y desconsideración por el prójimo.
I)
¿Cómo se puede pensar, desde Freud, la civilización
y la barbarie?
La relación
entre el funcionamiento psíquico humano y los fenómenos
sociales y culturales fue una preocupación constante en la teorización
de Freud. Baste recordar solo como muestra que el creador del
psicoanálisis comparaba a la neurosis obsesiva con una religión
privada. La oposición entre la pulsión que pretende expresarse
y los obstáculos sociales y culturales que lo impiden, ya sea
desde fuera o ya sea internalizados, constituye la hipótesis
en última instancia de su teoría de las neurosis. Más
aun, este autor pretende iluminar la génesis de la sociedad y
la cultura aplicando el método de reconstrucción histórica
propio de la clínica psicoanalítica como puede apreciarse
en su monumental libro Moisés y la religión monoteísta
(1938) o en su anterior Tótem y tabú (1912).
En este último y, asumiendo sugestiones de Darwin y Atkinson,
propone un punto de inflexión mítico en el que se originaría
la sociedad, la religión y la moral a partir del parricidio perpetrado
por la "alianza fraterna". De este modo, en cada complejo
de edipo individual se reproduce, en forma condensada, el origen histórico
de la humanización del "homo sapiens" . La cultura,
para él, se construiría con los remanentes sublimados
de las pulsiones sexuales inutilizables para la satisfacción
sexual directa.
Aunque, en la actualidad, estos aportes freudianos puedan juzgarse viciados
de un evolucionismo lineal y pueda criticarse cierto reduccionismo psicologista,
no pueden negarse ni descartarse sus valores heurísticos. Para
Freud, como consecuencia del parricidio -acontecimiento decisivo- se
pasa desde una sociedad (supuestamente) precultural -"la horda"-
, sustentada en el poder irrestricto del "padre primordial"
a una organización social de complejas reglas de distribución
y selección -prohibiciones y permisos- en la administración
del poder y de los objetos sexuales. A grandes rasgos, a partir del
parricidio la voluntad excluyente del "padre primordial" todopoderoso
debe ceder paso a una ley externa al mismo, a la cuál
todos los hombres deben sujetarse por igual: el tabú de incesto
y la religión totémica. Si bien para la ciencia actual
pueda resultar inconcebible algún período humano sin alguna
forma de organización social -incluso existen complejas y sofisticadas
organizaciones en el reino animal-, y resulte difícil aceptar
a las formaciones y producciones culturales como una excrescencia desexualizada
de la libido, puede sin embargo rescatarse de toda esa teorización
freudiana el planteo de la eterna dialéctica entre el imperio
de la fuerza y el imperio de la ley en las relaciones humanas. Y así
iluminar nuestra comprensión de las oscilaciones entre la civilización
y la barbarie en que nos tiene acostumbrado el mundo en el que vivimos.
Los millones de años en que habitamos el planeta no nos han permitido
encontrar los sistemas para mitigar los horrores de la barbarie
y hallar formas civilizadas definitivas más aptas para
la convivencia entre los seres humanos. Probablemente debamos resignarnos
a no encontrarlos nunca y, en esta alternancia, se sustente la dinámica
que mueve caprichosamente la rueda de la historia de la humanidad. Ya
Einstein y Freud (Porqué la guerra [1932]),
en forma epistolar, habían discutido este tema en términos
de la relación entre derecho y violencia.
La civilización actual deja bastante que desear como civilización
y es asimismo - parafraseando a Freud- fuente de "malestar en
la cultura". Apenas dejamos atrás recientemente la culminación
de un siglo y milenio pródigo en las peores muestras de guerras
de exterminación, despotismos y fanatismos para nombrar sólo
algunas de las calamidades más sonadas. Las desigualdades en
lo cultural, social y económico no pudieron ser resueltas ni
mitigadas, a pesar del portentoso progreso científico y tecnológico.
Es más, este progreso pareciera ahondar más la brecha
entre poseedores y desposeídos, lo cuál exacerba la violenta
envidia destructiva que anida en el alma humana y es aprovechada con
el pretexto reivindicativo en el nivel colectivo por los portavoces
del odio y la destrucción. Y es así que en el siglo XX
no dejaron de ensayarse modelos diversos de convivencia y de distribución
de los bienes: fuimos testigos de los fracasados ensayos colectivistas
(comunismo, fascismo, nazismo) o de exacerbado individualismo (capitalismo
salvaje, globalización). No obstante, como se señaló
antes, la persistencia sin desmayo en la búsqueda de sistemas
capaces de lograr una distribución lo más justa posible
de los bienes y las oportunidades, salvaguardando a rajatabla el respeto
por la diversidad humana, es la "zanahoria" asintótica
que nos mueve para adelante. No podremos lograr nunca la perfección
ideal pero, no debemos desdeñar por eso el promisorio camino
de lo perfectible; camino estrecho en el que nos acechan, por un lado,
la exacerbación de las desigualdades odiosas y, por el otro lado,
los intentos -asimismo letales- de disolver la diversidad humana.
II)
¿Cómo se podría entender, en la clínica,
la barbarie, dentro de la actual civilización?
La pregunta
admite varias posibilidades de respuesta; una: en el sentido de la psicopatología,
encaminada a equiparar algunos cuadros individuales con lo que en sentido
colectivo llamaríamos barbarie; dos: si en la práctica
clínica pueden darse formas de relación anómala
entre paciente y analista que configuren algo asimilable a la barbarie.
Todavía cabe preguntarse si el psicoanalista, desde su lugar
de clínico, puede reconocer los factores intra-psíquicos
que hacen surgir la barbarie cuando las condiciones del contexto
son propicias. Si convenimos a definir la barbarie como un fenómeno
en el que está en juego un abuso -en cualquier dimensión-
del poder, y civilización a una administración
equitativa y mesurada del mismo, despojada del interés propio
inmediato, podríamos percatarnos cuán vulnerables somos
los seres humanos para padecer el fenómeno, tanto en forma activa
como pasiva.
Se enumerarán algunos factores que lo facilitan:
a) La precariedad narcisista que mueve a aferrarse tenazmente
a la más mínima cuota de poder para intentar restablecer
su equilibrio.
b) La envidia destructiva destinada a atacar toda diferencia
y todo bienestar (hasta el propio).
c) La neutralización deficiente de las pulsiones sádicas
o masoquistas responsables de la necesidad de ejercer o padecer la crueldad.
En cambio, el reconocimiento y la consideración del prójimo
tanto como de la dimensión colectiva de nuestra existencia, así
como la tolerancia a las diferencias, que implica un control sobre la
"envidia destructiva" pueden contarse como facilitadores de
relaciones más civilizadas, es decir, en términos de desarrollo
psicosexual evolutivo, la prevalencia de la alteridad por sobre la especularidad.
Esto último también puede vincularse, en otro esquema
referencial acerca del desarrollo evolutivo (Fairbairn) con el tránsito
de la dependencia infantil a relaciones interpersonales en términos
de interdependencia. La conciencia de esta interdependencia es a mi
entender decisiva en las relaciones humanas civilizadas.
La relación analítica propia de los tratamientos es en
si misma una relación humana que se sostiene en un delicado equilibrio,
en tanto que por la naturaleza de su estrategia terapéutica,
son convocadas las pasiones más potentes y peligrosas por una
parte; y por la otra debe resguardarse de las tentaciones de consumación
en acto de dichas pasiones. La más amplia tolerancia a las debilidades
de los pacientes se conjuga a una técnica cuyo eje gira en torno
a una actitud ética irrestricta. La mentada dependencia infantil,
reactivada en la situación de transferencia expone al paciente
a abusos que si fueran consumados transformarían el objetivo
terapéutico en iatrogénico, operándose de esta
manera una verdadera barbarie.
III)
¿Cómo entendería el par civilización y barbarie
dentro del movimiento psicoanalítico?
El movimiento
psicoanalítico esta instalado en la cultura, y los profesionales
que utilizan ese instrumento están insertos en la misma estructura
económica de la sociedad que los demás. Por consiguiente
están expuestos a los mismos mensajes culturales y a las mismas
exigencias del mercado. Debemos reconocer que los psicoanalistas, que
son una muestra de una población con experiencia de análisis
personal, funcionan -a grandes rasgos- y no obstante tal experiencia,
con las mismas pasiones que los demás conjuntos científicos.
En la actualidad la disputa por porciones de exiguo mercado provoca
intensos conflictos entre la identidad científica y la identidad
profesional del psicoanalista. Sin embargo, cabría esperar que
la capacidad de introspección crítica (insight) que nos
ha permitido tal valiosos conocimientos de nuestro mundo interno pueda
extenderse también a ejercitar una visualización, asimismo
crítica, desapasionada y mesurada de los contextos sociales de
los que formamos parte. Freud nos ha marcado el camino que ya muchos
colegas siguen.
De todos modos, aspiraría a que 'el psicoanalítico'
dejara de ser 'movimiento' por la connotación militante-iniciática
del término, así como 'causa' para afirmarse más
como disciplina científica y como método sofisticado de
exploración y terapéutico de la mente. En tren de aspiraciones
me gustaría una mayor inserción del psicoanálisis
en el mundo académico y que pueda como disciplina dialogar más
con otras áreas científicas, para lo cuál debería
abandonar en lo posible sus jergas de "parroquia" para adoptar
un lenguaje apto para tales intercambios.
Septiembre,
2002.