Nuestras
sociedades democráticas, por el hecho mismo de sus libertades
conseguidas, están amenazadas por invasiones bárbaras.
Sin duda, nunca los falsos saberes y lo irracional fueron tan poderosos,
como uno puede comprobar con la expansión de las sectas por un
lado y por otro con las medicinas alternativas, placeboterapias, venta
de píldoras milagrosas o astrología. La situación
empeoró con el reconocimiento por la Facultad de Medicina de
la homeopatía (placeboterapia típica) como medicina válida
y la aceptación por la universidad francesa, a pesar de todas
las protestas, de la presentación de una tesis de astrología.
Pero al lado de ese oscurantismo, existe otra forma de invasión
bárbara más perniciosa aún porque se respalda en
una llamada racionalidad y objetividad. Toma la ciencia como una religión,
sacraliza la genética, alaba a la neurona y exalta el peritaje,
pálido poder disciplinario anónimo que pretende regentear
todos los comportamientos humanos en nombre de la ciencia. En síntesis,
es el cienticismo, delirio de la ciencia, que ya denuncié anteriormente.
Estos son los paradigmas del poder que se hallan en el proyecto de ley
Cléry-Mélin: expuestos en una jerigonza fría
y deshumanizada, la jerigonza técnica de la evaluación
generalizada. Me pregunto qué piensan de ese proyecto las personas
que fueron entrevistadas -un centenar- entre psiquiatras, médicos,
profesionales, todos muy honorables. ¿Se dieron cuenta de qué
situación participaban? Tengo mis dudas. Por eso pienso que deberán
manifestar su descontento como ya lo hicieron Roland Gori en
el sitio Oedipe y evidentemente Jacques-Alain Miller.
Esta invasión bárbara del peritaje sólo sirve al
gran mercado de lo irracional, aunque pretenda combatirlo. Pues pretende
"asegurar" al público contra el charlatanismo de las
sectas al atacar a los psicoterapeutas no diplomados. Es cierto que
por el momento el psicoanálisis, disciplina regia que ha alimentado
desde un siglo a todas las medicinas del alma y que revitalizó
a la psiquiatría, no está amenazado. Digamos que en este
primer momento, porque la casi totalidad de los psicoanalistas franceses
poseen los diplomas requeridos para no ser evaluados. Pero justamente,
porque los psicoanalistas no están incluidos en ese proyecto,
deben movilizarse contra ese poder del peritaje que
ataca a sus vecinos psicoterapeutas. No se combate las desviaciones
de las medicinas alternativas -ni siquiera de las psicoterapias- con
evaluaciones sino con la lucha intelectual por un lado y por otro con
leyes adecuadas.
De todas maneras, contra las sectas, las leyes de la República
son hoy en Francia las mejores del mundo, mucho mejores que las de Canadá
o de Estados Unidos.
Y ya se sabe que si se deja el poder del peritaje -y no el de las leyes-
dominar a las medicinas del alma, mañana ese mismo poder se volverá
contra aquéllos que se creían protegidos. Pues el peligro
de ese proyecto consiste en que permite en un primer momento a médicos,
psiquiatras, psicólogos y diplomados universitarios utilizar
la evaluación contra la psicoterapia, pero en una segunda etapa
favorecerá seguramente la introducción de la evaluación
en contra de esos mismos profesionales. Veremos entonces a psiquiatras
respaldarse en el peritaje para perseguir a los psicólogos, a
los psicoanalistas pelearse entre sí en nombre del peritaje para
favorecer cada uno a su corporación y finalmente todo el sufrimiento
psíquico tendrá que buscar otro lado para ser escuchado,
fuera de los territorios de la racionalidad.
El psicoanálisis -lo mismo que la psiquiatría, la psicología
clínica y la medicina científica- debería pues
movilizarse contra la esencia misma de la noción de peritaje,
contra ese negro veneno que corroe a nuestras sociedades y que participa
de la gran invasión bárbara de hoy en día. Para
terminar recordaré esta cita de Montesquieu que debería
estimularnos para no entrar en la espiral del peritaje, del corporativismo
y del sálvese quien pueda: "Si yo supiera algo útil
para mi nación, pero perjudicial para otra, no se lo propondría
a mi príncipe, porque soy hombre antes de ser francés
o bien porque soy necesariamente hombre y sólo francés
por casualidad. Si yo supiera algo útil y que fuera perjudicial
para mi familia, la eliminaría de mi pensamiento. Si yo supiera
algo útil para mi familia y que no lo fuera para mi patria, trataría
de olvidarlo. Si yo supiera algo que fuera útil para mi patria
y perjudicial para Europa o que fuera útil para Europa y perjudicial
para el género humano, lo consideraría como un crimen".