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"Huellas de historia en la enfermedad" Historia de Matilde

Andrée Lehmann

El propósito de este trabajo se refiere a la violencia, aquélla que apareció en Matilde en el momento de una internación para una intervención quirúrgica relacionada con una recidiva de cáncer. Esta violencia resulta tan intensa que paraliza el trabajo del equipo médico, totalmente inmovilizado por el comportamiento de rechazo, violencia verbal y gestual de la  joven paciente.
         Por pedido del equipo médico entrevisto a Matilde en su habitación del hospital, dos días antes de la operación.

Primer tiempo: antes de la operación
         Tengo con Matilde tres entrevistas durante los dos días previos a la operación.
         La madre de Matilde se encuentra al lado de su hija. En cuanto llego se levanta y sale rápidamente de la habitación. Vino en Francia por la operación y no habla francés. Llama la atención su aspecto: baja, rostro redondo inexpresivo. Su mirada brillante queda fija en mí. Percibo una gran angustia. Esta escena se repetirá en cada entrevista. Evita todo contacto conmigo y también con el equipo médico. Su estadía será breve: vuelve a su país al día siguiente de la operación ya que tiene que internarse ella también.
         Madre e hija tienen largas charlas. La madre trajo fotos. Ya veremos que estas fotos y las conversaciones tienen un papel importante. Pero sólo después de la intervención me enteraré de su contenido.
         Durante la primera entrevista, Matilde habla con gran violencia verbal y movimientos sacudidos, sin interrupción. Ocurrirá lo mismo en las dos entrevistas siguientes, aunque con menor violencia.
         Se preocupa por señalarme que acepta encontrarme. De entrada me participa de su angustia y su rechazo de todo examen médico que ella considera como intrusivo, especialmente los que utilizan una sonda.
         Varios temas aparecen sucediéndose con un torrente de palabras y una excitación violenta que prefiero no interrumpir, incluyendo el temor por los exámenes intrusivos y el manejo del dolor. Según ella, ningún medicamento consigue aliviarla. Rechaza la morfina por temor a "no poder controlar la evolución de su enfermedad".
         La pérdida de los puntos de reparo corporales es otro tema abordado por ella, especialmente la pérdida del control de la función urinaria, la dependencia en relación al dolor y las exigencias relacionadas a las deficiencias corporales. Dentro de este contexto de deficiencia, el dolor resulta para ella "una manera de
ubicarse". "Reemplaza así los puntos de reparo corporales" que teme ver desaparecer y la pérdida de autonomía provocada por el tipo de operación y sus eventuales efectos. Se preocupa en primer lugar por recuperar el manejo de la función urinaria. Justamente es uno de los propósitos de esta operación.
         Después de haber expuesto extensamente todos sus problemas somáticos, bruscamente Matilde habla de su situación familiar y social. Ella y su marido son dos refugiados políticos. Llegaron en Francia después de sufrir prisión con torturas. Ahora tienen ambos la nacionalidad francesa y se sienten integrados. A continuación, incómoda, evoca los vínculos difíciles de pareja, ya que una vez estallada la violencia se vuelve incontrolable, llegando a veces hasta el enfrentamiento físico. Sin embargo, agrega, "existe una verdadera vida de pareja, una profunda complicidad"… Evoca estos dos últimos temas con una emoción apenas contenida y también con un mensaje de advertencia: "Le cuento todo esto pero no lo toque…"
         Todas estas cuestiones son tratadas durante las tres entrevistas antes de la operación. Al finalizar la tercera le señalo que está en una situación difícil que, evidentemente, la angustia y la hace sufrir. También que, después de la intervención, tendrá que realizar sin duda un trabajo personal para salir de esa situación.
         Decidimos nuevas entrevistas después de la operación. Como me tengo que ausentar durante los dos días posteriores, programamos sesiones telefónicas. Matilde es quien llama.

Segundo tiempo: después de la operación
         En el transcurso de la primera curación posterior a la intervención, como respuesta a una pregunta de Matilde, la enfermera exclama: "¡qué lindo agujero!". Para la enfermera esa frase significaba: la huella dejada por la operación es pequeña, bien circunscrita, sin infección… agrego que esa enfermera no acostumbraba ese tipo de reflexión. En este caso debe estar relacionado con la tensión e inquietud que reinaban en todo el equipo por la ansiedad de M. Esta reacciona inmediatamente horrorizada con llantos. Se produce a continuación una crisis de angustia y expresiones contradictorias que limitan con la confusión. Por sugestión mía la enfermera propone a Matilde de llamarme por teléfono como habíamos convenido.
         Durante ese mismo día se dan tres conversaciones telefónicas con las siguientes temáticas:
         El futuro, las condiciones de su curación, la vuelta a su casa, la necesidad de una buena apariencia. Pero también el miedo a la muerte, el miedo de sufrir…
         Siguen expresiones bastante incoherentes, difíciles para entender. Dice que ve  el interior de su propio cuerpo, "sus órganos", aunque no precisa lo que ve.
         Luego: "como si me estuvieran mirando desde lo interior, del interior de yo misma". Lo que le produce un sentimiento de extrañeza et de angustia. Vuelve entonces al tema de la muerte, de la cual no escapará según ella. De alguna manera parece como atraída desde el interior, desde ese agujero, el agujero de la muerte.
         Finalmente resume la situación así: "Un ojo que desde mi interior me mira".

         La segunda entrevista telefónica termina con esa conclusión y con el compromiso de un tercer llamado. Es el momento más crítico de ese día. Yo también siento una inquietante extrañeza, con la sensación de que ella se ve arrastrada irremediablemente hacia la muerte, como el niño del Erkönig de Goethe.
         Entre la segunda y tercera entrevista, la enfermera me llama para avisarme que Matilde descubrió "un agujero en su cabeza", lo que exagera aún más el malestar ambiente. Menos mal que le pregunto a la enfermera si vio algo de lo que decía Matilde. La enfermera la revisa y comprueba que un mechón de cabellos de cuatro centímetros de ancho fue cortado en la cabeza de la paciente, lo que produce una apariencia de agujero en la cabellera. Después  nos enteramos que la madre, antes de volver a su casa, le cortó un mechón, mientras Matilde dormía, "para llevárselo a un curandero". Matilde se desespera porque vive ese gesto como una condena a muerte y como una violación. Ese mismo día lo reprochará violentamente a su madre en el transcurso de una conversación telefónica.
         Durante la tercera y última entrevista de ese día, Matilde no habla del episodio del mechón pero insiste de nuevo sobre el agujero. Al escucharla me surge la palabra "abertura". Ella se apodera inmediatamente de ese término y lo asocia con cierre y también con posibilidad de vivir.
         Su discurso va cambiando. La muerte sigue como telón de fondo pero pierde su carácter fascinante. Pues Matilde entiende que una abertura puede volver a cerrarse, como una posibilidad de vivir a pesar de tener bien conscientes las deficiencias que va a tener que enfrentar para tratar de resolverlas.

Tercer tiempo: después de la operación, reiniciación de las entrevistas
         Las entrevistas siguientes al episodio del "agujero" giran alrededor de diferentes temas. Al evocar el "rapto" del mechón, Matilde lo asocia con las dificultades para vincularse con su madre, a quien siente como hostil. El padre, fallecido cuando tenía diez años, se interponía entre ellas y según Matilde la protegía… Esa desconfianza persistió durante la permanencia de la madre, hasta se exacerbó. Efectivamente, entre las fotos traídas por la madre y expuestas sobre la  cama, Matilde descubre la de un bebe raquítico, flaco con ojos saltones. Su madre le confirma que se trata de su hija y le explica que al nacer tuvo dificultades para el amamantamiento. Al prohibir el pediatra darle leche sustituta, la beba era desnutrida y se chupaba los dedos hasta hacerlos sangrar. Para impedirle chuparse los dedos se le ataba las manos (por la espalda dice Matilde). Al resistirse y llorar para tratar de liberarse, se resbalaba por debajo de las sábanas y se ahogaba. Esta afirmación se contradice con lo que siempre le expresó su madre, que era una beba hermosa mofletuda. Ese episodio lo vive Matilde como otra violencia de parte de su madre. Revela el aspecto mentiroso de su discurso, que Matilde siempre sospechó. Ese desvelamiento provoca un choque que recibe sin poder reaccionar en vísperas de la operación. Por lo tanto, en un contexto sumamente ansiógeno Matilde debe afrontar la intervención quirúrgica.
         En el transcurso de una de esas entrevistas, teniendo Matilde sus manos colocadas sobre la sábana, me pregunta "si no me resulta extraño que no tenga las manos debajo de la sábana", y precisa que su madre, durante su estadía en Paris, le pedía constantemente que colocara sus manos debajo de la sábana, lo que le provocaba crisis de angustia, que no sabía a qué atribuir. Al preguntarle yo si había algún vínculo entre esa angustia y las revelaciones de su madre, se cuestiona si relacionar esas crisis de angustia y de ahogo se debe a todo lo que soportó durante su primera niñez, el episodio de las manos atadas y el sentimiento que el relato despierta.
         Esas pocas entrevistas durante la internación fueron el comienzo de un trabajo de varios meses. En el transcurso de ese trabajo se dio un entretejido, una imbricación constante entre el tiempo de la primera niñez, el tiempo de la edad adulta (con el casamiento y la policía política) y el tiempo de la enfermedad. Trata de esa manera de desenredar los hilos de su historia para, según ella, " poder manejar su existencia". Progresivamente la violencia disminuye, incluso en su vida de pareja, sin desaparecer del todo.

La violencia es la huella
La violencia está presente en todas las entrevistas. Conserva esa tonalidad particular, goce y sufrimiento estrechamente mezclados, dirigidos tanto contra ella misma como contra el otro, hasta el enfrentamiento físico. Esto me lo informa desde la primera entrevista. Una manera de prevenirme, de alertarme, de significarme algo correspondiente a: "No se deje atrapar por ese juego". Al final de la última entrevista antes de la operación, la cuestión de la violencia física había aparecido cuando Matilde evocaba como al pasar su compromiso político y su encarcelación. Acompañada con otra advertencia tácita: "Le entrego algo de lo cual no hay que hablar".
         La perspectiva de la operación, "verdadera intrusión en el cuerpo" según ella, refuerza la angustia y provoca las reacciones ya mencionadas. Se produce como una acumulación de tensiones tanto en Matilde como en el equipo médico que estallará con el lapsus de la enfermera en ocasión de la primera curación.
         La palabra agujero (que Matilde utilizaba antes de la operación) se le escapa a la enfermera comprometida en esa atmósfera de extrema tensión. Materializa y confirma una colusión: la que se establece, a partir de la enfermedad, entre las violencias sufridas durante la internación, la intrusión temida de la intervención quirúrgica, y finalmente (como se comprenderá a posteriori) las violencias soportadas durante la primera niñez.
         La presencia de la madre, las revelaciones surgidas en ese delicado momento antes de la operación, el episodio del mechón cortado refuerzan el sentimiento de violencia amenazadora que ella siente. Efectivamente ella confirma que su madre siempre tuvo con ella un discurso mentiroso, destinado a disimular los comienzos trágicos de su vínculo madre-hija. En un momento en que no puede defenderse ni manifestar sentimientos hostiles contra su madre.
         A la palabra que se le escapa a la enfermera cuando la primera curación, responde otra palabra que sirve de cierre y restituye simbólicamente cierto dominio, ya que de entrada se le ocurre a Matilde la palabra cierre. Dentro del proceso de repetición en el cual ella se encuentra comprometida algo insoportable se imponía a los miembros del equipo. Lo que ella mostraba, el espectáculo de goce mórbido que ofrecía paralizaba y atemorizaba el entorno. No teniendo yo que asumir las dificultades relacionadas con los cuidados corporales, tuve que reconocer y asir su desesperación (hilflosigkeit), respondiendo de tal manera a sus dos mensajes tácitos que me enviaba durante las entrevistas antes de la operación. Las entrevistas resultaron así un lugar de escucha donde podía manifestar sus miedos, sus violencias sin devolvérselos, sin que el analista quede paralizado como ella paralizaba su entorno y el equipo terapéutico
         Me pareció que la violencia muy particular de Matilde, al ser tan excesiva, podía constituir la huella de una experiencia, de una confrontación relacionadas con lo irreparable, la huella repetitiva de una travesía del horror, de lo inefable.
         El deseo de muerte, las violencias sufridas durante su encarcelamiento, las violencias verbales y físicas la sumergían en la impotencia. Estaba enteramente a merced de personajes que expresaban hacia ella un deseo de muerte y lo ejecutaban exhibiendo un placer: el placer de destruirla y, a través de ella, de lo que representaba, cierta concepto de lo humano, de la humanidad, del pensamiento, de la cultura. Pues la actividad de las funciones de pensamiento y de representación es lo que posee y la une con la vida. Para Matilde es una Not des Lebens, una urgencia vital.
¿Al franquearla, no consistiría en un anudamiento, una fusión entre deseo de muerte y goce, presentes simultáneamente en el momento de las violencias ejercidas con su cuerpo y su ser, sobre su manera de estar en el mundo? ¿Actuaciones de violencia que, en general quedan sólo como fantasmas contenidos y no llevan al crimen? Sin duda Matilde había percibido, registrado algo de ese anudamiento. ¿Acaso no actuaba, sin saberlo, algo parecido en sus manifestaciones de violencia, especialmente en su vida de pareja?
         El trabajo psíquico realizado le permite salir progresivamente de su situación de objeto sufrido, entregado al goce del otro. Se adueña de su propia historia a través de un proceso de palabra que le permite la subjetivación de esta historia dentro de lo posible. Por lo tanto desprenderse del objeto a como era ella, en tanto sometida al goce del otro.
         La violencia representa así la huella, reveladora de una experiencia traumática, experiencia que enmascara otra no integrada en el momento de los hechos. De tal manera se entrecruzan la historia médica, la historia en su dimensión social, política y cultural, y la historia personal y familiar. Se entrecruzan con la repetición.

¿Delirio?
El aumento de las tensiones se veía por doquier, del lado del equipo terapéutico como de la paciente. De ahí la producción de asociaciones incoherentes que permitían evocar un delirio. El significante "abertura" como eco de la palabra "agujero" pone un punto final a esa producción. En el transcurso del trabajo psíquico que realiza, aparecerá como tácito, aunque nunca se verbalice, que esa producción estaba relacionada con su detención y encarcelamiento.
         Existen realidades indescriptibles, salvo con una elaboración particular como la sublimación. La experiencia inefable producirá una obra. Es una necesidad personal pero incondicional. El trabajo que permite producirla se transforma en un proyecto de vida que moviliza gran parte de la energía psíquica, de la libido.
         Si falta la posibilidad de elaboración, las huellas de lo inefable subsisten y se alojan en otras situaciones de la vida, desde donde resurgen periódicamente de manera aparentemente injustificada. Hay un anudamiento, una mezcla entre las diferentes situaciones y los diferentes tiempos. Para Matilde la perspectiva de la operación remite directamente a una intrusión en el cuerpo vivenciada en un contexto de angustia y violencia que la presencia de su madre, sus relatos y revelaciones reaviva.
         Se ve la legitimidad de la desconfianza y hostilidad existente desde siempre. Matilde está realmente poseída por una situación de persecución. Pero el analista entiende que estas circunstancias acentúan su desesperación y su impotencia, puestas de manifiesto por la crisis. Entiende y reconoce su desesperación e impotencia en lugar de emitir un diagnóstico precipitado de delirio. Los sentimientos de desconfianza y hostilidad, aparentemente injustificados pero recurrentes, remiten al episodio de la primera infancia, episodio no integrado, no simbolizable ya que nunca hablado. Con la foto y los comentarios de la madre puede este episodio integrarse a la historia de Matilde, ya que la madre reconoce por primera vez los hechos. ¿Como llegó esa foto ahí? Quizás por que la madre al sentirse ella misma enferma quiso significar a su hija algo que nunca había podido decirle.
         Las palabras expresadas después del lapsus de la enfermera reflejaban tanto la violencia de la madre como la de los torturadores. Particularmente el episodio del ojo. El trabajo relacionado con el encarcelamiento y sus sufrimientos se hizo posible con las revelaciones de la madre. Esta parte de su historia que existía pero sin palabras sólo se manifestaba a través de emociones imprevisibles e incontrolables. Esas emociones representaban las huellas de un acontecimiento que sólo encontraba su lugar al poder expresarse con palabras.

Se produce una reorganización de los significantes
         Hubo una reubicación de los significantes que actuaban y daban forma a todas sus experiencias. Ahora pueden relacionarse con otros significantes que vuelven a reaparecer. A medida de esos reencuentros va decayendo el exceso de violencia. El encarcelamiento durante el cual se sentía sometida a la omnipotencia del otro reavivaba sin saberlo una experiencia, que considero fundante, por haber impreso su marca en el cuerpo de la beba. Sufrimiento y placer eran indisociables, llevándola a un estado de desesperación, ligado al estado de sufrimiento (de donde el papel del dolor como reparo corporal). El encarcelamiento produce una mezcla, anuda las dos desesperaciones y acentúa aún más el sentimiento de Hilflosigkeit donde estaba sumergida.
         El trabajo psíquico se hace posible con la transferencia: "No se deje atrapar con este juego", "no diga lo que no quiero escuchar". Al aceptar esas premisas el analista le restituye la palabra; y el trabajo de la palabra de a poco deshace la amalgama entre los tres episodios y le permite ubicarse en relación con lo que tienen en común. Como puede hablar, aunque sea de costado y de manera metafórica, de lo que ha vivenciado y de los fantasmas ligados a esos acontecimientos, puede, como decía otra paciente: "reubicar su cuerpo en su cuerpo y su cabeza en su cabeza". Podrá vivir lo que sucederá ubicándose lo más posible del lado de la vida, "conjunto de funciones que resisten a la muerte". Podrá resistir a la muerte en lugar de verse constante y repetitivamente arrastrada hacia ella y existir sólo cuando está sometida (immer wieder) al deseo de muerte del Otro. Pues el deseo de muerte del Otro le impide reconocer sus propios deseos de muerte, es decir la dimensión del odio presente en ella.

Sin embargo, algo de lo real subsistirá
         La violencia excesiva no desaparecerá nunca del todo. Matilde siempre se sentirá amenazada y quedará a la defensiva a pesar del trabajo de elaboración realizado y los progresos concomitantes. La enfermedad y la perspectiva de la operación reactivan la experiencia del encarcelamiento y las angustias de la primera niñez, amplificadas por las circunstancias de su nacimiento. En relación con este último punto, el relato de la madre trae un esclarecimiento nuevo, sobre el cual a posteriori se concentran la angustia, los sentimientos de extrañeza y de hostilidad de Matilde, relegando a un segundo plano el período de encarcelamiento.
         Estas dos experiencias, aunque tengan en común la violencia, sin embargo no pueden colocarse en el mismo plano. Aquella de la primera niñez se inscribe en el cuerpo y en el nivel fantasmático. Esta violencia y las angustias de muerte que la acompañan son la consecuencia de un acontecimiento, pero no deseadas. La violencia es inherente al acontecimiento pero no lo antecede.
         En el encarcelamiento, la violencia es deliberada. Se apunta al aniquilamiento del sujeto por medio de torturas físicas y psíquicas. Aunque Matilde las sufre dentro de un estado de vulnerabilidad relacionado con su historia desconocida, la violencia del torturador se dirige a un sujeto ya formado, con el propósito de negar su cualidad de sujeto, su habeas corpus y la relación ya conformada con el Otro. Apunta a destruir ese sujeto por su relación con el Otro, debido a la manera de cómo se ha constituido y se mantiene.
         En esta tentativa de destrucción, se superan los límites del sujeto. Se ve arrinconado al goce mortífero donde nadie puede reconocerse. Algunos pueden salvarse, otros sucumben. Hasta en los que se salvan subsiste lo real innominado siempre presente, innegable, como trasfondo. Para aquél que sufrió ese proceso la relación con el Otro ya no resulta fácil.