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Pulsión de aprehensión. Introducción a la perversión freudiana.

Jacques Sédat

Jornadas del 18 y 19 de octubre de 2008.
(Círculo freudiano, E.A. y Che voi?)

“Los monstruos existen pero son demasiado escasos para ser verdaderamente peligrosos; los que son más peligrosos son los hombres comunes.”
          Primo Lévi (1)

 

            En el campo de la sexualidad, Freud establece, en dos niveles,  un verdadero cambio con respecto a las teorías de su época. Devela una sexualidad infantil anterior a la pubertad y por otra parte, se diferencia totalmente de las teorías anteriores sobre la sexualidad, tanto las inspiradas en investigaciones médicas, preceptos religiosos o laicización moral de lo religiosos.
            La sexualidad ha sido profundamente marcada y normatizada en Occidente por la teología de San Agustín. ¡Lo que no impide, por ejemplo, al papa Sixto IV, en el Renacimiento, ¡a autorizar la sodomía durante tres meses por año, los meses  de fuertes calores! ¿Y qué pensar del Dr Tissot (2), sin embargo considerado como un médico materialista de “las luces” en el  siglo XVIII, cuando publica en 1760 un Tratado del onanismo en el que denosta la masturbación medicalizando lo que se desprende de la moral religiosa? Será relevado por el no menos laico Pierre Larousse en su “Grand Dictionnaire du XIX siècle.”
            En la época de Freud, sea con una mirada moralista o médica, que se trate de estigmatizar o de estimular las desviaciones sexuales, numerosos médicos se contentan con elaborar inventarios de diferente posturas o prácticas por medio de catálogos precisos, detallando diversos comportamientos, sin que haya una verdadera reflexión sobre la sexualidad. Muchos de estos textos no son más que una patologización de lo que surge de preceptos o de tabús morales o religiosos, variables según las épocas o las culturas. Por ejemplo, es al psiquiatra Richard von Krafft-Ebing que se deben los términos de sadismo y masoquismo en su Psicopatía sexualis que aparece en 1886.
            Algunos autores contemporáneos de Freud tratan sin embargo de desiquiatrizar la homosexualidad, en nombre de una militancia médica: es el caso de Albert Moll (1862-1939) con “Las sensaciones sexuales opuestas” y de Havelocl Ellis (1859-1939) con “La inversión sexual”. En cuanto a Freud, da la espalda a los textos conductistas limitados a catalogar y su originalidad consiste en que su enfoque no apunta a las teorías de la sexualidad, si no a la teoría sexual. Exponiendo la sexualidad infantil, se interroga acerca del origen de la sexualidad como intrínseca a la construcción del niño y acerca de la apuesta  subjetiva que representa. Siguiendo las huellas de su amigo Multatuli, Freud despatologiza los tanteos sexuales y cuestiona incluso el concepto de perversión que algunos médicos plantean como el mal absoluto. El invento freudiano sostiene con este postulado desmedicalizante y exculpante que “somos todos un poco histéricos” y pone en evidencia,  partiendo de lo “polimorfo perverso” inherente a la sexualidad infantil, que “la predisposición a todas las perversiones es un rasgo universalmente humano y originario.”

            No es siempre fácil diferenciar la perversión, los actos perversos y el perverso. Quisiera entonces situarme en una perspectiva estrictamente freudiana, incluso paleo-freudiana, para intentar mostrar como Freud ha logrado pensar los actos perversos, lo polimorfo perverso que es el campo donde va a construirse el cuerpo, y por otra parte, la perversión en su dimensión negra, siniestra, con el sadismo en el que el sujeto se excluye de la humanidad, en la indiferencia de la banalidad y de la banalización del bien y del mal.
            A partir de 1905, en los Tres ensayos sobre la teoría sexual, Freud constata que lo infantil ha sido completamente desatendido hasta ese momento, sin duda porque no se consideraba que los niños muy pequeños podían tener una actividad sexual o una sexualidad. Una afirmación en ese sentido sólo podía escandalizar a sus colegas y a sus contemporáneos. Freud retomar estas resistencias para reconocer la importancia de la sexualidad infantil, en l920, en su nuevo prefacio a los Tres ensayos para una teoría sexual:
            “Si los hombres pudieran extraer un aprendizaje de la observación directa de los     niños, no habría sido útil escribir estos tres ensayos. (…)
            Pero en lo que concierne la “extensión” del concepto de sexualidad necesaria para el análisis de los niños y de lo que se llama los perversos, que se nos permita recordar a los que, desde su altura, lanzan una mirada desdeñosa sobre el psicoanálisis, en qué medida la sexualidad ampliada del psicoanálisis se acerca al Eros del divino Platón.”
            Freud rememora a ese respecto que la cultura antigua está marcada por una prevalencia de la pulsión sobre el objeto, mientras que el pensamiento judeo-cristiano se caracteriza por la prevalencia del objeto sobre la pulsión, la valorización del objeto exterior con respecto a la pulsión.
            Más alla´del aspecto polémico, lo que interesa destacar en estos términos, es que Freud evoca “la extensión” del concepto de sexualidad necesitada para el análisis de los niños y de lo que se denomina como perversos”.
            Notemos que Freud utiliza varias veces los mismos términos  para estas dos categorías que sitúa en el mismo plano metapsicológico.
            En su descubrimiento de la sexualidad infantil, la que es anterior a la pubertad y a la salida del Edipo, Freud ha necesitado inventar nuevos conceptos. Dos palabras que deberían tener un valor conceptual se encuentran en el centro de nuestra reflexión. Se trata de Gechleschtstrieb (pulsión de género) y de Verlötung (soldadura).
Encontramos ambos conceptos reunidos en un mismo párrafo, al final de la primera sección del primero de los Tres ensayos.
            “Se nos evidencia que nos representamos la ligazón (Verknüpfung) entre la pulsión sexual (Sexualtrieb) y el objeto sexual bajo una forma demasiado estrecha. La experiencia de los casos considerados como anormales nos enseña que hay en esos casos una soldadura (Verlötung) entre pulsión sexual y objeto sexual que corremos el riesgo de no ver a causa de la uniformación de la conformación normal, en la que la pulsión parece incluir el objeto. Nos vemos entonces obligados a relajar (o suavizar: zu lockern) en nuestros pensamientos los vínculos entre pulsión y objeto. Es verosímil que la pulsión sexual (traducción inexacta: se trata aquí de la pulsión de género, (Geschlechtstrieb) es primero independiente de su objeto y que no son además los atractivos de este último los que determinan su aparición.”

 

Der Geschlechtstrieb

            Ya en la primera edición de Tres Ensayos, en 1905, Freud escribe: “Ningún autor, que yo sepa, ha reconocido claramente la regularidad de una pulsión de género  (Geschlechtstrieb) durante la infancia. (…) De adultos, no tenemos ningún conocimiento de ello.”,  puesto que, igual que la sexualidad infantil, esto fue reprimido en el neurótico.
            Hasta el presente, las traducciones francesas (igual que the Standard Edition) no diferenciaban los términos alemanes Sexualtrieb que Freud emplea para designar la pulsión sexual adulta o pulsión sexual devenida autónoma y Gechlechtstrieb que utiliza en sus trabajos   sobre la sexualidad infantil. Ambos términos eran indistintamente traducidos por “pulsión sexual” o “sexual instinct” en inglés. La primera edición  en diferenciar los dos tipos de pulsión es la traducción de las Obras completas de PUF que traduce Geschlechtstrieb por “pulsión sexuada”.
            No obstante, se puede plantear la hipótesis de que si Freud puso empeño en diferenciar Sexualtrieb y Geschlechtstrieb,  es que consideraba que la pulsión sexual infantil no reconoce ni la diferencia de los sexos, ni la sexualidad adulta, pero que está por su dependencia del narcisismo primario que es anobjetal, orientada hacia el género humano (das geschlecht),  en su búsqueda de identidad, anterior a toda forma de sexuación. Optaremos entonces por la elección prudente de traducir Geschlechtstrieb por “pulsión de género”, pulsión identificante que hace a la economía de todo proceso de identificación como condición de un reconocimiento de si.
            Es la pulsión de género, y no la pulsión sexual como lo insinúa la traducción, que es “verosímilmente, (y no probablemente”) totalmente independiente de su objeto.
            La pulsión de género, asexuada, no existe en cuanto a los objetos externos. Va,  a  diferencia de la pulsión sexual, a constituir, crear objetos concordantes al sujeto. Proponiéndose traducir Geschlechtstrieb por “pulsión sexuada”, la nueva traducción francesa (Laplanche y las obras completas) desconoce a mi parecer, el hecho de que esta pulsión originaria no es sexual ni sexuada. Encontrará su finalidad ulterior en la pulsión de aprehensión  que no consiste en investir un objeto, si no en convencer el objeto para mantener un ligamen fijo con éste. Dicho de otra manera, se trata de erradicar la dimensión aleatoria  de todo objeto exterior por el maltrato que se hace sufrir a un objeto que debe estar siempre a mano; que este objeto sea radicalmente concordante con el objetivo de la pulsión asexual con respecto al objeto que ha creado y que ama del mismo modo, como las marionetas de los cuentos de Hoffmann.
            Para Freud, la vida sexual del adulto no deriva de la del niño que ha sido. Subraya que a través de las idas y venidas (vagancias) de las pulsiones sexuales  y la multiplicidad de los recortes de la atracción sexual en el objeto sexual, la pulsión sexual no apunta a crear un objeto, si no a reencontrar en todos los objetos, en el escenario de la realidad, las huellas del objeto originario que es único e irreemplazable.

Die Verlötung

            En realidad, en los casos considerados como anormales, existe una soldadura (Verlötung) entre pulsión sexual y objeto sexual, es decir un ligamen fijo con el objeto. Esta articulación entre la pulsión y el objeto que sería para ésta totalmente adecuado, consiste precisamente en esa soldadura.
            Además, no son los atractivos del objeto que determinan su aparición, lo que pondría en juego un doble proceso de investidura y de identificación. Esto significa que abandonamos la pulsión sexual por otra pulsión, no sexual, la pulsión de género, totalmente despendida de cualquier objeto interno.
            Esto es válido para el niño y según la expresión de Freud “lo que se ha convenido en llamar perverso”

El niño polimorfo perverso

Las características de la sexualidad infantil llevan a Freud a generalizar una predisposición “polimorfo perversa” en esta sexualidad. Agrega inclusive, - precisión capital -  que en el adulto, “la misma predisposición a todas las perversiones es un rasgo universalmente humano y originario”. “Esta “igual disposición” no debe ser confundida  con la “perversión” en el sentido freudiano del término de estructura (aún si Freud no usa nunca la expresión “estructura perversa”) que puede llegar incluso a destruir el objeto en su rabia con lo real y su odio a la vida.
            En su “Nota sobre el infantilismo de la sexualidad “que cierra el primer ensayo, Freud abordaba ya la cuestión de la perversión:
             “Demostrando el rol de las mociones perversas como agentes de la formación de síntomas en las psico-neurosis, hemos incrementado de manera completamente extraordinaria el número de humanos susceptibles de pertenecer  a la categoría de los  perversos. No es sólo que los neuróticos constituyan una clase muy numerosa, si no que hay que considerar que las neurosis se diluyen a lo largo de una cadena ininterrumpido que va desde sus diversas manifestaciones hacia la salud; de acuerdo a eso, Moebius ha podido decir con justicia que somos todos un poco histéricos. La propagación extraordinaria de las perversiones nos obliga a admitir que la predisposición a las perversiones no es, ella tampoco, un rasgo excepcional, sino un elemente de lo que se considera una constitución normal. La histeria es en efecto estructural, organiza de alguna manera el primer modo de relación con el otro: es la aspiración al otro, presente especialmente en la aspiración al padre. Freud agrega: “Estamos ahora en condiciones de concluir que en efecto, hay algo innato en la base de as perversiones, pero es algo que todos los hombres comparten y que siendo una predisposición, es susceptible de variar en su intensidad y puede cobrar relieve por las influencias de la existencia.”

Pulsión de aprehensión (der Bemächtigungstrieb)

            “El carácter infantil tiende en general fácilmente hacia la crueldad ya que es relativamente tarde que se forma el obstáculo que detiene la pulsión de aprehensión ante el dolor del otro por su capacidad de compartir (Einfüllung), es decir por la sublimación.”
            Incluso si esta noción está implícitamente presente en las teorías sexuales infantiles, el término de “pulsión de aprehensión” aparece por primera vez en 1915 en la reedición de los Tres ensayos que incluye un nuevo texto cuyo título es “las investigaciones sexuales infantiles” donde Freud profundiza la pulsión de conocimiento.
Freud define la pulsión de aprehensión como una pulsión de dominio sobre el otro o sobre el mundo, una violencia contra lo real. La pulsión de conocimiento será en parte la sublimación de esta pulsión de agresión con respecto a lo real; de ahí el ligamen efectivo entre la pulsión de aprehensión y la sublimación que Freud  trata tanto en los Tres ensayos como en su Leonardo da Vinci.
            En el capítulo II de Más allá del principio de placer , Freud vuelve a la pulsión de aprehensión a raíz de la observación de su nieto Ernst Wolfgang de 18 meses, jugando en su cama, en ausencia de su madre. En un primer tiempo, Freud observa que cuando la madre se iba, el niño no lloraba, pero tenía la costumbre de arrojar lejos todo lo que encontraba a mano. Al mismo tiempo, gritaba con una expresión de interés y de satisfacción un “o-o-o-o” fuerte y prolongado que según la madre y del observador, no era una exclamación, sino que significaba “se fue”.Conectan en efecto este fonema con el término alemán Fort que significa “lejos”, “ándate”. En esta experiencia de  impotencia y displacer, lo que le impide llorar, es esta capacidad de destruir el objeto que desaparece, su madre. Y es el movimiento de pulsión destructiva que Freud llama la pulsión de aprehensión, en un movimiento de rabia impotente contra la independencia de su madre que se le escapa. Arrojando los objetos, logra en un primer tiempo destruir a la madre ausente.
            Pero al “Fort” destructivo, sucede otra etapa, un segundo tiempo que no ha sido siempre notado, ni suficientemente diferenciado del primero por los comentaristas. En la cuna  hay un carretel que ha sido atado con un hilo, y el niño va a jugar a otro juego que es el Fort und Da: tirar lejos el carretel y luego traerlo de vuelta diciendo “Da” que significa “acá está”. En esta experiencia ya no se trata de destrucción, de pulsión de aprehensión; se trata de superar de otra manera la experiencia de displacer provocada por la ausencia de la madre... Restaura el objeto destruido por la pulsión de aprehensión, haciéndolo regresar. Y en esta restauración del objeto se produce no sólo la elaboración de la ausencia de la madre que ya no es necesario destruir, si no un trabajo psíquico sobre si mismo (Bewältigung), un dominio psíquico de si que se sustituye a la pulsión de aprehensión que en ese momento supera la destrucción y la compulsión a la repetición. Es lo que Freud llama la pulsión de elaboración psíquica (Bewältigungstrieb) mediante la cual se puede no sólo elaborar la ausencia de la madre, si no ausentarse también de la madre para estar solo, separado del cuerpo materno y no encontrarse en un estado de falta de apoyo (Hilflosigkeit. El término de “desamparo” podría traducir el efecto psíquico de esta pérdida. En este proceso de doble elaboración de objeto y de sujeto se opera la separación que restituye al objeto su libertad.
            Para Freud, este doble movimiento sólo es posible mediante la pulsión de conocimiento ligada al arrancamiento materno que produce un dos donde todavía no había más que un uno. Cuando una madre dice con respecto a su hijo: “me hace una gripe·, ella se sitúa en el nivel donde sólo hay un aparato psíquico para dos cuerpos, en una denegación de la diferencia de los cuerpos y de los pensamientos. Es un estado maníaco de indiferenciación del uno y del otro que culminará en los celos paranoicos.

Perversión

            Para Freud lo polimorfo perverso del niño es lo opuesto absoluto de la perversión.
            En el lenguaje corriente el concepto de sadismo puede variar según se designe una actitud simplemente activa hacia el objeto sexual, una conducta violenta, llegando incluso a una relación exclusiva para la satisfacción (Befriedigung: apaciguamiento) con   la servidumbre del objeto y los maltratos  a los que se lo somete. Hablando con estrictez, sólo este caso extremo merece el nombre de perversión. Dicho de otro  modo, lo que cabe en el proceso de la sublimación, no es la perversión, si no los rasgos perversos, ligados a la inadecuación del objeto de la pulsión, siempre revisable.
Esto despeja una confusión frecuente. En efecto, en la perspectiva freudiana, en el plano metapsicológico y clínico, no hay una diferencia de funcionamiento entre la perversión y la paranoia. Ambas apuntan a dominar al otro y en ambos casos, el pensamiento conserva una ligazón estrecha con la sexualidad.
Del lado de la paranoia se apunta a dominar los pensamientos del otro. Inspeccionar los pensamientos de otro es querer realizar un aparato psíquico para dos cuerpos.
Mi definición personal es que el paranoico maneja una soldadura con los pensamientos del otro, allí donde el perverso quiere ser el instrumento y el autor del goce del otro puesto que no puede, por si mismo, tener acceso al goce que le es  desconocido.
En el texto de 1922, Freud describe de ese modo el comportamiento suspicaz de un marido paranoico, en un delirio de relación o delirio de ligación (Beziehungswahn):
“Prestaba una atención extraordinaria a todas las manifestaciones del inconciente de su esposa y sabía interpretarlas correctamente, por lo cual siempre tenía razón, a decir verdad; podía inclusive invocar el análisis para justificar sus celos. Hablando con propiedad, su anormalidad se reducía al hecho de que observaba el inconciente de su mujer y le atribuía una importancia mucho mayor que  se le hubiera ocurrido a nadie.”
En el paranoico, la actividad del pensar apunta a dominar el pensar del otro, a conocer sus pensamientos y a dirigirlos. Estamos aquí en el registro de la segunda teoría sexual infantil que corresponde al estado maníaco, a un aparato psíquico, una psiquis para dos cuerpos, para que ni el otro, ni sus pensamientos se me escapen y que no sean distintas de los míos.
Del lado de la perversión se trata de dominar el goce del otro en la medida en que uno está excluido del goce. El perverso desconoce la inadecuación fundamental de la pulsión respecto al objeto que es siempre sustituible por otro.
El donjuanismo nos da en ejemplo esclarecedor de esta búsqueda sin fin, esa necesidad de cambiar constantemente de objeto, siendo sucesivamente decepcionado por los objetos encontrados e incentivado  por  los nuevos objetos a conquistar, ya que no puede acceder al objeto originario inexorablemente perdido. El Don Juan, en Molière, seduce para “vencer las resistencias”, es decir para empujar al otro más allá de sus límites. El si mismo rechaza todo límite como los “grandes conquistadores que no pueden decidirse a limitar sus deseos.” G. Bataille se hace eco de esta denegación de los límites en “La planète encombrée” : “Lo que quiero y lo que quiere en mí el ser humano: Quiero por un instante exceder mi límite y quiero, por un instante no ser tomado por nada.”¿nadificado?
El idealismo apasionado es una forma de perversión en la medida en que todo objeto es siempre reemplazable y no se remite nunca al objeto insustituible. El otro no es más que el soporte de la idealización. Es lo que ilustra Las letras portuguesas, esa novela epistolar escrito por el conde de Guilleragues en 1669. En la quinta carta que la supuesta religiosa envía al caballero que la abandonó, ella escribe: “Me he percatado que usted me era menos caro que mi pasión.” Testimonio brillante que indica que la pasión misma constituye los objetos que va a investir en una denegación de su singularidad y de su autonomía. Esto nos remite a un fenómeno de creencia en los reencuentros posibles con el objeto perdido. La creencia preexiste siempre al objeto que inviste, quaerens quem devoret  (buscando lo que puede devorar).
Dominar y apoderarse del goce del otro, es lo que escenifica Laclos en Les liaisons dangereuses. Esta novela epistolar se desarrolla según un escenario inmutable y repetitivo entre dos personajes tan perversos uno como el otro: la marquesa de Merteuil que manipula al vizconde de Valmont y lo impulsa a seducir otras mujeres y Valmont que acumula conquistas como si se tratase de conquistas militares (igual que Don Juan que se compara con Alejandro) : “Usted se percata que me hace falta un triunfo completo y que no quiero deber nada a la casualidad ” – “casualidad” significa aquí el azar del encuentro que quiere evitar a toda costa. Colecciona a las mujeres para humillarlas, dominarlas, vencerlas, antes de descartarlas. “¡Mírenla vencida, esta mujer soberbia que osó creer que podría resistirse a mí! Es decir que más allá del libertinaje sexual, el perverso apunta a provocar la caída y el envilecimiento del otro, a sustituir la fuerza al amor. Se sitúa así en el registro fuerte/débil, activo/pasivo, el de la tercera teoría sexual infantil. Quiere vencer, desestabilizar al otro, descerebrarlo para que no pueda pensar y para lograr que sin tomarse el trabajo de seducirlo, el otro, de motu propio, se entregue totalmente, viniendo a su propio terreno. “No me basta con poseerla, quiero que se entregue”, escribe Valmont: que entre por si misma, espontáneamente, en un proceso de sumisión.
Lo que mueve al perverso, es entonces el odio a lo real, la necesidad de siderar al otro, de manipularlo para que pierda la autonomía de pensamiento y de juicio y que sea al fin, pensado por el otro. He aquí lo que escribe Joseph Conrad en un texto cuyo título es “carta a un hombre de estado inglés (en su prefacio de En el corazón de las tinieblas): “El hombre es un animal malo. Su maldad debe ser organizada; el crimen es una condición necesaria de la existencia organizada. La sociedad es esencialmente criminal o no existiría. Es por eso que respeto los extremismos anarquistas. Deseo la exterminación general.”
Esto puede ser también la figura del totalitarismo, con una estricta equivalencia del bien y del mal, considerando que el perverso no reconoce límites y por lo tanto, tampoco reglas. Un amigo de la marquesa de Merteuil, el sosías de Valmont, reitera obsesivamente el estribillo “No es mi culpa” cuando se encuentra arrinconado para dar explicaciones a la mujer que ha envilecido. Este estribillo subraya en qué medida el perverso se sitúa en una lógica de la imputación. No tengo nada que ver con lo que hago. Me limito a seguir las leyes de la naturaleza. Así, el perverso se caracteriza por una “apathie” en el sentido etimológico de la palabra, por una imposibilidad de conocer al otro, de reconocer lo que el otro puede sentir, al faltarle el proceso de la identificación posible. Es exactamente lo contrario del to pathei mathos  de la tragedia griega de Esquilo (Agamenón verso 176: “Zeus ha abierto a los hombres la vía de la prudencia o inteligencia (phronesis) dándoles como ley sufrir para comprender (to pathei mathos)”. Sólo hay un conocimiento de si mismo si se sale de la apatheia, la insensibilidad. Aprender sintiendo. El sufrimiento y el dolor de la pérdida originaria, son los que abren el camino de la humanización.
La perversión freudiana, heredera de la pulsión de aprehensión, es el intento de mantener una ligación fija con el objeto por una soldadura (Verlötung), y de desconocer el hecho de la inadecuación fundamental de la pulsión con el objeto que es siempre sustituible por otro. Es lo que le resulta insoportable al perverso. El objeto insustituible, el objeto irreemplazable, es al que apunta patéticamente el perverso en su fantasma de “unidad del sujeto y del objeto” (G. Bataille con respecto a Sade). Por lo contrario, en el no perverso, el hecho de investir un objeto intenta sólo reencontrar rasgos del objeto inexorablemente perdido.” “El encuentro del objeto, no es más que un reencuentro” con rasgos del objeto perdido y no con el objeto perdido.

                   Traducción Frieda Hutnik

 

Citas
(1) Primo Lévi, Si es un hombre (1947) Press Pocket, 1987, p.262.
(2) Samuel Auguste Tissot, 1728-1797
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