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"La guerra y el psicoanálisis"

Blanca Montevechio

Buenos Aires. Mayo 2003. Mesa redonda La guerra y el psicoanálisis.

I- Los progresos científicos y técnicos de Occidente no han logrado desterrar las guerras sino que por el contrario incrementaron su carácter de catástrofe humanitaria y ecológica. Si bien la complejidad de esta problemática requiere un abordaje desde diferentes disciplinas, a partir del psicoanálisis considero necesario investigar la lógica de la violencia inherente a la condición humana, rastreando su génesis en el proceso de humanización del infante.
A diferencia de los otros animales que no hacen la guerra, el ser humano está dotado de una plasticidad que le posibilita la adaptación a circunstancias muy variadas, desarrollando un amplio registro de potencialidades de creatividad y de conducta que varían en un continuo, entre extremos de signos opuestos.
El humano es un ser de lento despegue por su prolongada indefensión y las marcas de ese período sobreviven a la memoria perdida de sus orígenes. El gran desarrollo de su cerebro requiere que sea alumbrado antes de completar su maduración neurobiológica, pues de otra manera sería inviable su paso por el canal del parto. En este estadio inicial se constituye una unidad indiferenciada yo-no yo con la madre o sustitutos, proveedora no sólo de los cuidados que garanticen la viabilidad del infante, sino también de los estímulos de orden cultural, indispensables para completar el proceso de maduración neurológica. Por este vínculo transitan las experiencias de satisfacción, pero también las de insatisfacción producto de desajustes en la relación materno filial. El recuerdo de estas vivencias -modificado en función de temores y deseos- si bien sucumbe a la represión, perdura a nivel inconsciente influyendo en la constitución del carácter.
La satisfacción de las necesidades físicas del infante no es independiente de la gratificación que recibe de los padres cuando él cumple con las conductas esperadas en dichas circunstancias. En la función educadora hay grandes variaciones de orden individual y cultural, tanto en el contenido como en la forma de trasmitir los valores e ideales sociales. Los padres y sustitutos primero y luego los maestros, recurren a la aprobación y la desaprobación, a los premios y castigos, estimulando en el infante sentimientos de amor en un caso y de odio en el otro. Este proceso culmina con la internalización del ideal y la instauración de la conciencia moral (instancia represora intrapspíquica) y de esta manera se da el cambio del vínculo simbiótico por otro de mayor autonomía psíquica. Corolario de estos desprendimientos que se producen en el vínculo primigenio es la pérdida de la omnipotencia narcisista (y del sentimiento de completud) del hijo, que a su vez constituye la condición para la aceptación de las diferencias y el reconocimiento de la otredad. Las experiencias tempranas de incorporación de los ideales a través de vínculos confiables, que no requieren del sometimiento arbitrario de la subjetividad en germen del infante al deseo de los padres, permiten la estructuración de un psiquismo donde prevalece Eros.
En cambio las frustraciones, las carencias y las situaciones de violencia, experimentadas en estos estadios tempranos, generan sentimientos de rabia y, cuando su exteriorización es reprimida, persiste en estado latente y está expuesta a diferentes destinos que resumiremos a continuación:

a) Identificación con los padres violentos, actuándose la agresión hacia alguien colocado en el lugar de hijo.
b) Cuando esta identificación es escindida de la conciencia, es proyectada y depositada en otro a quien se hace jugar el papel de perseguidor, el sujeto puede:
- Somete al perseguidor en una actitud masoquista.
- Enfrentarlo llevando a cabo "ataques preventivos".

El máximo de violencia se desencadena cuando el individuo o -el grupo- en función de circunstancias del contexto social sufre heridas narcisistas que, al reactivar las antiguas, producen una regresión a la situación originaria de indefensión. Entonces se recurre a restaurar los mecanismos de omnipotencia infantil para recuperar el equilibrio narcisista y, con el pasaje al acto de la violencia previamente reprimida, emerge una faceta ominosa de la condición humana.
Cuando es un grupo el que está en esta situación los individuos que lo conforman regresan al estadio de indiferenciación psíquica. Se borran los límites yoicos, mientras que el superyó como instancia autocrítica es arrasado, y el ser humano retrocede entonces a la etapa de máxima indefensión con retorno de los temores tempranos de aniquilamiento. En este fenómeno de masa están dadas las condiciones para el surgimiento de un líder mesiánico, del Otro protector que responde imaginariamente a la necesidad de defensa del grupo, a cambio de un acatamiento incondicional. El potencial tanático alcanza su máxima expresión y la violencia se desencadena cuando el líder que encarna el ideal, "el bien absoluto", encauza el odio del conjunto hacia quienes son designados como "el mal absoluto" que, encarnado en otro grupo étnico, religioso o político, debe ser destruido.
Están dadas las condiciones para la puesta en marcha del "exitoso dispositivo que despierta el salvaje entusiasmo capaz de llevar al individuo a su destrucción", como expresara Einstein (1933) en su carta a Freud al pedirle en nombre de la Liga de las Naciones su opinión acerca del por qué de la guerra.
El etnocentrismo de los pueblos, en un delicado equilibrio, al igual que el narcisismo individual, puede experimentar incrementos por motivaciones complejas de diverso orden, motorizado reacciones violentas. En la lógica del colonialismo cuando un país alcanza a ser una potencia mundial intenta extender su hegemonía y su cultura, recurriendo a su mayor capacidad militar que en la modernidad radica en el poder científico y tecnológico.
Los pueblos colonizados sufren el ataque a sus valores e ideales nacionales o religiosos, que hacen a su identidad y, para preservar su narcisismo trófico, su etnocentrismo herido, recurren a un rechazo masivo de los valores impuestos y a la exaltación de los propios.
Desde la civilización hegemónica el otro diferente es aquel que detuvo su evolución en un nivel anterior de un supuesto proceso evolutivo, arrogándose la misión salvadora de imponerle las ventajas de la propia cultura más desarrollada. La violencia reactiva generada por esta imposición, puede llegar a expresarse como actos de terrorismo que entonces son significados como producto del fanatismo fundamentalista. Se justifica así una respuesta represiva ejemplificadora, generándose un círculo vicioso en una escalda de violencia. Acuerdo con Todorov (1998) en su apreciación de la diferencia de sentido que adquiere el nacionalismo -expresión del etnocentrismo- en los países dominados, donde expresa la lucha por la restauración de una identidad avasallada, que en los países dominantes cuyo objetivo es imponer sus tendencias hegemónicas.

II En su trabajo "Sobre la guerra y la muerte" Freud en 1915 expresaba así el pensar eurocéntrico de su tiempo: "se aceptaba que la Humanidad sería asolada por guerras entre pueblos primitivos y civilizados, entre las razas humanas que se distinguen por el color de la piel y hasta por conflictos con y entre los pueblos poco evolucionados de Europa. Pero no se esperaba lo mismo de las grandes naciones de raza blanca, dominadoras del mundo en las cuales había recaído la conducción de la especie humana, que sabíamos dedicadas al cuidado de intereses universales, cuyas creaciones representan los progresos técnicos en el dominio de la naturaleza y los mayores valores artísticos y científicos de la cultura".
A partir del despertar del largo sueño de la Edad Media Europa ha impuesto su interpretación de la historia y de sus conquistas, pero, después de las dos guerras que la asolaron y de los genocidios del siglo pasado, se ha producido una profunda autocrítica y las diferencias ya no se decodifican como desigualdad pues se considera que todas las culturas tienen su identidad inviolable y el derecho a su reconocimiento.
Walter Benjamín afirma que la historia es escrita por los vencedores que dan su versión de los hechos expresando así la voz de la parte dominante de la sociedad, la historia oficial.
Interpretar un acontecimiento social desde el lugar del psicoanalista es en cambio hacer audibles a quienes no tienen voz y mostrar la cara oculta, reprimida de la historia, es decir dar la visión de los vencidos (Wachtel, N.,1976). Asimismo es reconocer que la subjetividad moderna fue escindida por la experiencia colonial (Baba, 2003).
En América Latina la Conquista y la colonización han producido el vaciamiento del narcisismo trófico, el empobrecimiento del etnocentrismo y de la autoestima de los pueblos nativos por la destrucción de los propios valores y la incorporación compulsiva de los ideales hegemónicos de turno. Los grupos dominantes de la sociedad local, que imaginan pertenecer a la cultura de los países hegemónicos, no reconocen la influencia de las culturas autóctonas y el mestizaje cultural gestado a lo largo del tiempo. El rechazo de la cultura nativa, la marginación de los grupos autóctonos y mestizos, tuvo su correlato en la anomia, la falta de integración de una sociedad incapaz de construir proyectos compartidos. La violencia en lugar de ser proyectada hacia fuera se dirigió al interior del cuerpo social dejándolo sin defensas ante el juego de intereses ajenos.
Desde la posguerra Europa fue renunciando a su tradición imperial y a una política de poder por una de negociación y de apaciguamiento, en función de la renuncia al etnocentrismo. Este lugar fue ocupado por Estados Unidos de Norteamérica quien aspira a imponer un orden internacional acorde a sus ideales e intereses; pero la democracia impuesta asume características autoritarias y pierde su legitimidad.
Contra la guerra es necesario afirmar la potencia del colectivo social mediante la creación de redes solidarias que permitan al individuo y a las naciones menos poderosas -expuestas al surgimiento de líderes mesiánicos- sentirse incluidos en un conjunto. Es necesaria la reconstrucción de los organismos internacionales garantes del cumplimiento de normas y leyes que medien en los conflictos entre las naciones y que deben ser acatadas por todas más allá de su mayor o menor fuerza y poderío militar. Se evitaría así la tentación del más fuerte de arrogarse el derecho de ser juez y parte en los conflictos, a la manera del padre de la horda primitiva, arbitrario y todopoderoso, tal como lo imaginara Freud en Tótem y tabú. Recordemos que su destino fue ser devorado por los propios hijos quienes, previamente sometidos y privados de todo derecho, se unieron en rebeldía y establecieron las bases de la organización social con normas de convivencia acatadas por todos por igual. Valga sólo como metáfora.

 

Bibliografía

Bhabha, H. K. (2003). "El lugar de la cultura", Manantial. Comentario de La Nación, mayo 2003.
Freud, S.
(1915). "Sobre la guerra y la muerte" T. XVIII, S. Rueda.
Freud, S.
(1933). "Tótem y Tabú", T.VIII, S. Rueda.
Einstein, A.
(1932). "Why War?" The Standard Edition v. XXII.
Todorov, T.
(1998). "El hombre desplazado", Taurus, Madrid.
Wachtel. N.
(1976). "Los vencidos Los indios de Perú frente a la conquista española". Alianza Universidad. Madrid.