Contexto
En Francia, por la influencia de una importante presencia musulmana,
con evidente proporción de fundamentalistas, un recurrente debate
público apasiona parte de la opinión: la disputa por el
velo. Cada vez se ven más mujeres "con velo" en las
calles: no es como en Afganistan, se trata sólo de un chal sobre
la cabeza, llevado de una manera austera. Algunas familias y muchachas
exigen llevar este "velo" tradicional de las mujeres musulmanas
en la escuela, contrariando la norma de la escuela laica y republicana
que prohibe llevar insignias religiosas en los establecimientos escolares.
Los directores de escuela y hasta ministros no saben si aceptarlo o
no, pues la costumbre del velo puede presentarse como un fenómeno
cultural.
Esta reivindicación a veces se acompaña de un pedido
de eximición de educación física, ciencias naturales,
etc. Ellas (¿o sus padres?) aceptan de la escuela sólo
lo que es compatible con sus tradiciones religiosas y culturales.
Como si la "charia", la ley musulmana debiera aplicarse a
los musulmanes en Francia, aún cuando se oponga a las leyes de
la República. Aún cuando tengan la nacionalidad francesa.
Por ejemplo, recientemente, el ministro del Interior señaló
que las fotos de las cédulas de identidad y pasaportes debían
permitir reconocer a las personas; por lo tanto las mujeres debían
sacarse el velo para esas fotos. Indignación de los imanes;¿sacar
el velo de nuestras mujeres ante cualquier policía o aduanero?
Imposible. El tema sigue estancado.
Me pareció necesario esas aclaraciones para situar mi exposición
dentro de ese contexto. También se plantea un interrogante paralelo
con respecto al feminismo. ¿Qué importancia puede tener
en América latina, tomando en cuenta que la palabra "macho"
forma parte del acervo latinoamericano?
Con todo no he modificado este texto que me fue solicitado por una revista
universitaria francesa especializada en "Gender studies".
Viñetas
de la calle
Una mujer
joven cargada con bolsas, arrastrando un cochecito y dos chiquilines
entra en un edificio delante mío. Alta, delgada, la cabeza cubierta
con un chal blanco, anudado prolijamente debajo del mentón. Erguida,
pero reservada, abre la puerta, se dirige hacia la escalera, avisando
cariñosamente a sus chicos de no hacer ruido. Su acento no engaña:
es francesa.
¿Cómo es posible, me pregunto, que tantas mujeres europeas
se conviertan al Islam? "El amor" por un hombre no explica
todo. El porte de esta señora da la respuesta: es una cuestión
de dignidad recuperada. Lo relaciono con nuestras chicas, obligadas
por la moda a exhibir todas sus líneas corporales y partes de
su piel, decretadas arbitrariamente en cada temporada. La ropa restringe,
siempre fue así, aún si desde la Revolución francesa
cada uno es libre de interpretar esta restricción a su modo.
Aún si un grupo sobrexcitado, cada vez más numeroso, exhibe
en los medios, tiendas y supermercados su ingeniosidad para interpretar
los cánones de la moda. La erotización y la singularidad
nunca pierden
totalmente sus "derechos", ya que se los reconoce. Pero en
esta moda de hoy (¿lúdica, acaso?) la vestimenta pierde
su función de protección, de continente, no acompaña
más el gesto con su amplitud, sin hablar de su función
de velo... Curiosa erotización de masa, encarnizada, industrial,
trágica por responder sólo al mínimo deseo de hombres
aterrorizados, desconcertados con esa exhibición de sus fantasmas
en la escena pública.
Esta mujer, digo yo, encontró esta manera de vivir una existencia
de mujer. Casi se la puede envidiar, aunque quizás su suerte
no sea envidiable. Envidiar por la coherencia de su posición.
No sabemos cómo será más adelante.
Al revés de nuestras muchachas, expresa con su manera de ser
un modo de prudencia civilizada, versión mujer. Se restablece
una separación entre lo público y privado, entre el ser
visible y el íntimo. La sexualidad se aloja en las casas, ¿qué
hace en las calles?.
¿Qué mujer contemporánea no fue atravesada en algunos
instantes por momentos de ensueños? ¿El nuevo desorden
amoroso conduce hacia una nueva sexualidad?
Psicoanalista, y conociendo los tormentos que la cuestión sexual,
directamente o bajo distintos disfraces, inflige a nuestros analizados
de hoy a pesar de la "libera(li)zación de las costumbres",
me pregunto si no hace falta el orden sexual. No puedo ignorar que el
ejercicio de la sexualidad se rige por fantasmas inconscientes, éste
u otros, cuya represión, desplazamiento o sublimación
a veces crean problemas. La división de los sexos es un componente
esencial de todas las organizaciones sociales conocidas. Ese orden sexual
puede llegar a ser severo, hasta cruel, para ponerse a la altura de
la culpabilidad inconsciente y crudeza de sus fantasmas. El obispo Cauchon
mandó quemar a Juana de Arco, a pesar de que contestaba de manera
impecablemente ortodoxa a todas las trampas doctrinarias, porque rechazaba
categóricamente llevar pollera... No se sometía al orden
"querido por Dios" para las personas de su sexo. Hay
muchos más ejemplos de ansiedades originadas en los hombres (y
las mujeres) cuando una mujer "no se queda en el lugar que le
corresponde". Esto también es válido para los
hombres, por ejemplo el horror a la homosexualidad. Toda posición
sexual, no conforme a las representaciones vigentes, induce una mezcla
variable de fascinación y angustia. Me acuerdo en este momento
de otra viñeta de la calle: un chofer de taxi, visiblemente tentado
por el islamismo radical me decía con voz alterada y asustada
a la vez: "Ud. Se da cuenta, cuando una mujer engaña
a su marido, se la puede matar con tirarle piedras". La escena
imaginada lo dejaba soñador, sin duda referida a algún
elemento de su historia.
Otro día me cruzo con un hombre que lleva un gorro musulmán
y un cartel de propaganda en la mano. Estaba tratando de convencer a
otro árabe. Este lo escuchaba fastidiado, sin animarse a rechazarlo,
fascinado parcialmente. Involuntariamente, tuve un movimiento de retroceso
y miedo: ¿y si me dirigía la palabra? Además, con
mi apellido... La escena transcurría poco después del
gran miedo de abril 2002, entre las dos vueltas de la elección
presidencial. En aquel momento, los "fascistas", extremistas
de la reacción nacional y viril resurgieron de las sombras, proclamando
el tiempo de la revancha.
Inmediatamente un silencio de plomo se instaló en las calles
y mercados: temor de delación, de exclusión violenta.
Uno apenas se animaba a salir de casa. ¿Este comerciante de quesos,
esa persona con quien me cruzo, por quién votó? Tuve dos
reacciones simultáneas para tranquilizarme. Primero: "basta
de pensar boludeces, sos mujer y no se animará
a hablarte".
Segundo, en última instancia diré: no quiero que me encierren.
A ningún precio. ¿La señora con el chal blanco,
con qué precio paga su actitud tranquila? Mi libertad también
tiene precio.
¿Feminista?
¿Cómo no ser feminista? Lo fui, a veces de manera más
exagerada: cuando me confrontaba con la violencia de los hombres, a
menudo incomprensible, descontrolada y con su desconocimiento implacable
hacia lo que me parecía evidente como mujer: tendrían
que comprender... Más tarde me percaté que mi propio desconocimiento
de su lógica subjetiva (lo que los afecta, los trastorna y los
hace soñar) era igual al de ellos con respecto a las mujeres.
Como ellos, aunque de manera diferente les atribuía perfidias...
En esos momentos, perdían su singularidad, ya no eran fulano,
mi hermano, mi compañero, eran "el hombre", "los
hombres", solos o en pandilla. Me acordaba de reflexiones de mi
madre.
Gracias a Lacan pude restablecer cierto equilibrio, aunque excluía
la armonía total. Con Freud sólo no hubiera sido
suficiente; con el psicoanálisis tampoco. El psicoanálisis
me trajo mayor mesura en mi relación con las mujeres y los hombres,
pero gracias a Lacan pude hablar de eso. Tuvo, en cierto momento,
el mismo efecto en el movimiento feminista: hacer que pueda hablarse
de eso. Hablar desde otro lugar que no sea el de la rebeldía,
sin negarlo y sin olvidar las reivindicaciones legítimas (por
lo menos para las mujeres). Esto ocurría en las años 70,
con los textos de algunos(as) de sus alumnos, con el Seminario "Aún",
con el "Homenaje a Marguerite Duras". Las mujeres empezaban
a hablar entre sí de su femineidad y de la femineidad distinta
de otras mujeres. Pero no es en esa época que empieza la remodelación
lacaniana de las tesis freudianas sobre la femineidad y masculinidad.
El interés renovado de psicoanalistas, intelectuales y artistas
que se acercaban a él por esa temática ya había
nacido en intercambios anteriores.
El mismo Lacan no tenía demasiadas simpatías por
las feministas, tampoco antipatía. No ignoraba ni el sufrimiento
de las mujeres ni el de los hombres. No creo que haya desempeñado
un papel directo en el movimiento feminista. Quizás, a través
de algunas analizadas cuyas palabras se liberaban. Lacan era
ante todo un psicoanalista preocupado por comprender lo que se da en
el funcionamiento psíquico de hombres y mujeres para que puedan
asumirlo. Apasionado con el psicoanálisis, se preocupaba con
proporcionar a los futuros psicoanalistas puntos de referencia sólidos,
sin ninguna concesión a los ideales personales o normas sociales.
Sus adelantos provienen de este incansable trabajo de conjunción
entre la "observación" clínica y la exigencia
de rigor y coherencia conceptuales. Es indispensable precisar: la clínica
psicoanalítica presenta características muy particulares.
Es la clínica de la transferencia, es decir, de lo que se manifiesta
del deseo inconsciente a través de un vínculo (especialmente
del vínculo analítico). Solamente en un segundo tiempo,
por repercusión, adquiere el valor que todos le reconocen de
ser la clínica del sujeto.
Desde ese punto de vista Lacan encaraba la historia y la evolución
de las sociedades: en qué condiciones colocan al sujeto y cuales
son las singularidades aceptadas, o sea "lo que se necesita de
goce para que la historia continúe". Freud se planteaba
la misma cuestión pero en sentido inverso: ¿qué
mecanismos psíquicos llevan a que un individuo
acepte enajenar parte de sus deseos para comprometerse en una civilización?
Las teorías del contrato social no convencen, pues el inconsciente
es insensible para la utilidad común. Además, esta renuncia
no se realiza de buen grado, engendra odio. Nunca es total: a la menor
oportunidad se desencadenan pasiones y furias.
En cierto momento de su investigación, Lacan propuso para
hablar de las mujeres el término "Otro goce". Este
término se tomó como una interpretación. Algunas
integrantas del movimiento feminista se lo apoderaron pues denominaba
un terreno común, inexplorado, un lugar de palabra posible: las
mujeres no son como los hombres, tampoco son como dicen los hombres
que son. ¿Qué somos? ¿Qué queremos? Fue,
en el plano del pensamiento por lo menos, el primer paso significativo
después de la publicación de "El segundo sexo"
de Simone de Beauvoir 25 años atrás.
Lacan,
lector de Freud y psicoanalista
Decir
que Lacan era psicoanalista, significa recordar primero que todo
el psicoanálisis, teoría, práctica y método,
proviene del descubrimiento del inconsciente. El tratamiento psicoanalítico
es un trabajo destinado a poner en evidencia la dimensión inconsciente
del psiquismo. A través de una experiencia con vías siempre
singulares, pero con elementos principales siempre constantes, el sujeto
aprende a manejarse con esa dimensión inconsciente contra la
cual luchaba en vano. No se trata de ningún modo de hacer consciente
el inconsciente, pretensión irrealizable y pedante. Los componentes
inconscientes están inscritos en el cuerpo, donde dirigen todo
lo relacionado con el goce, el placer y la relación con el otro.
Sólo se revelan lo que son, fuerzas inconscientes que llevan
a la repetición de los mismos escenarios de vida, cuando son
trasladados y vueltos a desempeñar en el marco de un análisis
y con la condición de que el analista encuentre la manera de
devolver al analizado lo transcurrido. Esta experiencia tiene efectos
terapéuticos precisos: algunos síntomas desaparecen o
se atenúan, algunos dolores se alivian, algunos automatismos
de pensamiento o de conducta se abandonan. Tiene también y sobre
todo efectos psíquicos, en la relación del sujeto consigo
mismo, al otro, a la palabra, al destino. Al desprenderse de algunas
alienaciones que paralizaban su existencia a pesar suyo, percibe mejor,
piensa y actúa más libremente, deja aparecer la singularidad
de su deseo y, en lo posible, la alteridad. Reconoce sus responsabilidades
en lo que le pasa.
Todo esto no lleva a una situación ideal. Por el contrario, se
ve enfrentado con la finitud, con su manera particular de participar
en el destino común.
Lacan
retoma por su lado todo lo que Freud descubrió en ese
campo del psicoanálisis, sin eximir nada. Pero reformula el conjunto
a partir de lo que puede llamarse su metodología: la experiencia,
en efecto, se desarrolla entera y exclusivamente en el plano de la palabra.
Esta nueva palanca le permitirá hacer adelantar cuestiones que
Freud mismo, según su propia confesión, dejó
en suspenso. No es casualidad que su primer seminario trata de los "Escritos
técnicos de Freud".
Al darse cuenta que la palabra depende del fenómeno más
amplio del lenguaje, Lacan relacionará la conceptualización
freudiana (descripción de los mecanismos de la represión
y de la censura, definición progresiva de la práctica
psicoanalítica) con la lingüística, ciencia que se
desarrolló desde Freud a partir de la obra conceptual
de F. de Saussure.
El lingüista Jakobson, su amigo, ciertamente fue un socio
en los descubrimientos mayores de los comienzos que desembocaron en
la comprobación: los mecanismos inconscientes puestos en evidencia
por Freud son estríctamente homólogos a los que
la lingüística descubre en el lenguaje. En otros términos:
el inconsciente está estructurado como un lenguaje.
De ahí resulta que el psicoanálisis permite explorar la
incidencia del fenómeno del lenguaje sobre el ser humano. Como
el inconsciente actúa a la vez sobre el cuerpo y sobre la lengua,
forzoso es comprobar que esa incidencia es inmensa, sin límites
definidos, y se ejerce en todos los dominios sin excepción. El
lenguaje es como una inmensa red proyectada sobre lo real. Ese tramado,
matriz de todo sistema simbólico, es el elemento donde vivimos.
Cada hombrecito debe inscribirse allí, bajo pena de muerte, a
partir de las condiciones proporcionadas por los que lo acogen. Se inscribe
allí, cualquiera sea el uso que haga de la palabra.
La vida humana se desarrolla, pues, en el nivel de ese intermediario
obligado, ese orden simbólico que proyecta lo real en un más
allá problemático. Esto es lo que llamamos "psíquico".
El lenguaje no es un puro instrumento a disposición del animal
superior sino un habitat. Como todo habitat, estructura profundamente
a sus habitantes. De esta manera, cada ser humano es el teatro de una
causalidad doble: los mecanismos fisiológicos explorados por
las ciencias se combinan con una causalidad de otro orden, simbólica
si se quiere, con la condición de atribuir a esa expresión
el sentido que toma a partir de Saussure y de Mauss: combinación
autónoma, sistema de circulación y de intercambio obligado.
El lenguaje des-naturaliza al animal humano.
No quiere decir que puede expresar todo. Lo real, fatalmente lo desborda
y vuelve por algunos agujeros, mallas desprendidas, ausencia total o
parcial de representación. Esos agujeros circunscriben lo que
se llama un punto de lo real y lo determinan como desorden. El inconsciente
pertenece a ese orden, pero sólo en apariencia pues las inscripciones
existen pero reprimidas. El método freudiano permite rozar esas
inscripciones, lo que produce remodelaciones psíquicas y el surgimiento
de una nueva posición subjetiva. Freud descubrió
un método psicoterapéutico radicalmente nuevo; "la
verdadera psicoterapia" como la llama, pues actúa sobre
el nivel de la producción de síntomas. El mismo Freud
señala sus límites con la noción de inanalizable;
dice, por ejemplo, que todo sueño comprende un ombligo resistente
a la interpretación. Esa presencia de lo inanalizable en el corazón
del trabajo analítico, Lacan lo va a redefinir a partir
de sus conceptualizaciones lingüisticas: algo falta en el sistema
simbólico del Otro. A partir de esa falta, uno de cuyos nombres
es el "pequeño a", va a modificar la técnica
psicoanalítica.
La sexualidad también incluye en su centro tal ausencia de representabilidad.
En esto desembocamos después de este largo rodeo.
Freud había comprobado que en el nivel inconsciente (insisto,
en el nivel inconsciente) había un solo representante de la sexualidad:
el pene; "concepto inconsciente", "pequeño objeto
que puede ser separado del cuerpo". Los humanos se dividían,
pues, en dos especies (o mejor dicho dos géneros): aquéllos
que lo tenían y temían perderlo, aquéllas que no
lo poseían y deseaban adquirirlo a cualquier precio. El valor
de ese órgano proviene de ser el supuesto instrumento del goce,
aquello con lo cual papá hace algo a mamá, hasta niños,
hasta yo mismo. Toda la sexualidad humana se organizaba entonces bajo
el "primado del falo", relacionado directamente con la vida
misma.
Ese instrumento, Lacan lo vuelve a situar en el plano simbólico.
Hombre y mujer son seres hablantes. Retoma el término fálico
que Freud había atribuido a una posición sexual
infantil, cuando la cuestión de la diferencia de sexos se vuelve
apremiante y cuando los niños elaboran sus "teorías
sexuales infantiles", siempre erróneas pero siempre geniales.
Uno puede tener un pene y no poseer el falo, hasta algunos hombres se
sienten incómodos con su miembro suplementario. Se puede no tener
pene y ocupar un lugar fálico, ser poderoso(a) o deseable. El
falo no pertenece a nadie, sólo el Padre Ideal disponía
de él en la época en que era ideal. Para nosotros, que
seguiremos siempre como sus niños, el falo no es un objeto, es
una función: cada uno habla y actúa en función
de esa cumbre inalcanzable. La castración no es pues ya sólo
una amenaza o un castigo; es sólo su representación imaginaria,
fantasmática. En el plano simbólico, ya se ha cumplido,
aunque sea por el entramado del lenguaje que nos hace lo real invivible.
En la medida que renuncia a la potencia y al goce míticos el
individuo poseedor de la palabra se vuelve un sujeto capaz de desear.
El deseo no se estructura según la naturaleza, sino en términos
simbólicos, según cómo la historia del sujeto inscribe
marcas de goce en su cuerpo. Se modifica según las leyes del
desplazamiento y de las combinaciones de la lengua.
Tales son las conclusiones generales a las que lleva la experiencia
mil veces repetida del psicoanálisis.
Siempre
guiado por la lógica, Lacan observa que si hay un solo
representante de la sexualidad genital en el inconsciente, se deduce
que no hay dos. Como lo decía Freud, la parte "propiamente"
femenina no se inscribe allí. Nada permite pues inscribir la
diferencia de sexos en la órbita del deseo inconsciente.
Muchos psicoanalistas habían ya destacado esa insuficiencia de
la teoría; muchas mujeres se quejaban de no verse ubicadas en
las representaciones freudianas de la femineidad, aún después
de un análisis. Se buscaba por otro lado, en la erótica
de la cloaca, de la cripta o de la sombra, mientras que otros llevaban
al extremo el primado del falo y la envidia del pene. Todos podían
comprobar el precio exorbitante de la posición femenina definida
por Freud, para los hombres y mujeres. El hombre sólo
podía ser un potentado y la mujer una boluda, sino la sexualidad
no cumplía con su meta de goce. A lo sumo podía invertirse
las posiciones. Además, ese extremismo no correspondía
a la realidad concreta, para nadie, aunque superficialmente se asemeja
y armoniza con el enfoque macho. Algo no se tomaba en cuenta: es lo
que ocurre generalmente cuando la norma parece indisociable de la realidad.
A esa confusión, Lacan contestará en dos tiempos.
Toma en serio, como siempre las conclusiones de Freud. Subraya
primero que los objetivos fálicos son irrealizables pues chocan
con la "roca de la castración". La mujer no puede renunciar
en adueñarse de "la pequeña parte que puede ser separada
del cuerpo". El hombre sólo concibe el sometimiento o la
dependencia en términos de masoquismo. Sin embargo, no hay otra
cosa: el inconsciente no va más allá de la fase fálica.
Seguimos siendo incurablemente infantiles. La realización genital
es un sueño que no puede sostenerse en ninguna inscripción
inconsciente. Por eso el acto sexual mismo es posible sólo mediante
un conjunto de artificios complejos, de circunstancias favorables y
malentendidos obligados. Todos sabemos que rara vez trae la integralidad
de lo que uno creía con derecho de esperar y aún en
ese caso, fracasa para fundar una vida común duradera.
La omnipresencia de la sexualidad en la vida psíquica se acompaña
de un fracaso inevitable del cumplimiento sexual.
La
función fálica y el más allá
La relación
con esta falta estructural produce posiciones sexuales diferenciadas:
el hombre quiere tener el falo, la mujer quiere serlo. Femineidad o
masculinidad son actitudes psíquicas ligadas a la historia del
sujeto, al lugar asignado por los padres y hermanos, y a la manera con
qué reacciona. Según las circunstancias, cada uno podrá
situarse más o menos exclusivamente del lado hombre o del lado
mujer ("bisexualidad"). Estas posiciones no corresponden necesariamente
al destino anatómico, pero, sin embargo, es necesario que cada
uno acepte lo real del cuerpo, de los cuerpos. Femineidad y virilidad
son organizaciones diferentes del deseo, de su inicio, de su instalación,
de las posibilidades y formas de satisfacción. Cada una de estas
organizaciones comanda la vida sexual, intelectual y afectiva, la relación
con uno mismo y con el otro, de una manera bien precisa. Hay un solo
referente sexual pero hay dos tipos de sexualidad "adulta",
ambos están marcados por la castración, no del mismo modo.
Estos dos tipos de sexualidad ampliada no se comunican. El hombre no
entiende a la mujer, le resulta imposible "colocarse en su lugar"
sin perder su virilidad. La mujer, por su lado, no puede admitir que
el portador del falo que la honra con su deseo sea susceptible de castración,
sin perder su posición de mujer, en seguida sustituida por un
funcionamiento materno. El deseo surge entre ambos, no por ser macho
y hembra, sino en la medida en que cada uno encuentre en el otro signos
exteriores de sus fantasmas inconscientes. El encuentro sexual se realiza
bajo el auspicio de esos signos exteriores de femineidad o virilidad
- de lo deseable-, culturalmente determinados antes de serlo
singularmente, en término de "lo semejante". "No
hay relación sexual" quiere decir que la sexualidad no es
una relación. El hombre y la mujer no son complementarios. Entre
ambos no hay correspondencia, no puede ser sencillo. Sólo hay
encuentros felices o desgraciados, conseguidos o evitados, mantenidos
con el precio de artificios complicados y sin embargo vitales. Los vínculos
que se perpetúan no dependen de una sexualidad "adulta";
se apoyan en última instancia sobre escenarios infantiles de
ambos.
Otra cuestión dejada en suspenso por Freud y retomada
por Lacan se formulaba así: ¿qué quiere
la mujer? Freud precisaba aún que "la investigación
psicológica no permite contestar a esta pregunta". Lacan
la retoma a partir de la función fálica y emite la siguiente
hipótesis: si la virilidad y femineidad se definen solamente
desde el interior de la problemática fálica (tener o ser),
algo en ser mujer escapa a esta alternativa. Está tomada
por la función fálica de otra manera que el hombre, pero
no totalmente. Este otro espacio, sin embargo, no se coloca bajo el
signo del renunciamiento cuyos beneficios secundarios conocemos, sino
del goce indecible, más allá o más acá del
sexo y de la palabra. Lacan encuentra un ejemplo con los místicos,
Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Hadewijch de Amberes.
No sé en qué consiste ese goce "suplementario"
"que no reemplaza el fracaso sexual"; no es pues una sublimación
del goce fálico, como se afirmó demasiado. Este goce "fuera
del cuerpo" coloca a la posición femenina en contacto, o
más en contacto, con lo real.
La relaciona con el lugar de Dios, habitado o no, con el lugar donde
nada responde proveniente del Otro.
Sé que este lugar, deducido con un razonamiento lógico
a partir de una observación precisa, provoca inmediatamente una
suerte de convicción, al colocar cada uno(a) en seguida algo
de su convicción personal. Los temas de pensamiento propuestos
por Lacan, tan enigmáticos como parecen en su inicio,
responden siempre a realidades clínicamente localizables, realidades
que pueden identificarse más adelante. Son conceptos.
Algunos asimilan ese goce distinto con el goce pulsional, puro efecto
del uso de los sentidos, infantil como son los recuerdos recuperados
de Proust. Algunos creyeron reconocer en eso el goce homosexual
femenino (probablemente, no es lo que Lacan quería decir).
Otros lo relacionan con la tendencia femenina hacia el amor en todas
sus formas, entrega a Otro que se ubicaría donde nada se ubica,
por ejemplo el amor del saber, mientras que la posición sexual
masculina se inclina hacia el deseo, la acción y el dominio.
En consecuencia, el hombre no podría acceder a otros tipos de
goce, lo cual no quiere decir que no se produzcan en él.
De todos modos, el goce distinto es contemporáneo de una
noción muy difundida hoy en día y parece responder a la
realidad actual: el "no del todo". No puede escribirse "la
mujer" dice Lacan en 1973, pues no existe el LA, ella no
es "del todo". Hoy, a pesar de las pretensiones globalistas,
ya nada es del todo. Es evidente que ningún principio unitario
puede abarcar algún conjunto. Hasta las estructuras de
poder parecen adoptar el no del todo como principio organizador.
Si bien el no del todo nos ayuda a percibir la realidad externa
y a ajustar nuestros objetivos y acciones, no pasa lo mismo con nuestra
realidad interna que sufre de pánico. ¿A menos que ese
extravío sea el preludio de un nuevo orden sexual?.